
Título: Por qué Europa liderará el siglo XXI
Autor: Mark Leonard
Editorial: Taurus, Santillana Ediciones Generales S.L., Madrid, 2005
Páginas: 216, 21,5 centímetros
Según reza mi Documento Nacional de Identidad nací en Valencia de Don Juan, León, provincia de la Comunidad Autónoma de Castilla y León, perteneciente al Estado español. Si me preguntan cuál es mi sentimiento de identidad indistintamente respondería, sin orden jerárquico de preferencias y con idéntica nula intensidad o emoción: coyantino (gentilicio del topónimo de Valencia de Don Juan, Coyanza), español, castellanoleonés. Sin dudarlo añadiría que también soy europeo.
En efecto, soy ciudadano de la Unión. Quizá éste sea uno de los privilegios que he disfrutado respecto a mis familiares de las generaciones que me preceden. La bandera de las 12 estrellas amarillas; el himno, la sinfonía “Oda a la alegría” escrita por Friedrich von Schiller en 1785 a la que Beethoven puso música y la divisa, “Unidos en la diversidad”, no suplantan mi identidad, sino que la complementa y la enriquece dentro de una lógica posnacional que está empezando, aunque aún no lo podamos percibir, a transformar el mundo. Quizá tengan valor los versos de Mario Benedetti: “Los azares son mi patria / patria es humanidad.”
Mark Leonard, director del departamento de la política exterior en el Centre for European Reform del Reino Unido, defiende en su libro la tesis de que el Siglo XXI va a ser el Nuevo Siglo Europeo. Europa se ha convertido en un oasis de paz cuando hace tan sólo 65 años era aún un manantial de guerras y conflictos internacionales. 184.000 muertos en la guerra franco-prusiana, 8 millones en la Primera Guerra Mundial y 40 en la Segunda. El poeta francés Paul Valéry captó la condición europea en 1945: “Nuestra esperanza es vaga, nuestro temor preciso”.

La toma de decisiones en la Unión se puede explicar con la idea de sistema político de David Easton, que Leonard denomina “caja negra de la integración europea”. Los inputs, serían los intereses nacionales de los 27 países que la conforman y el output un proyecto europeo, que retroalimentaría las nuevas demandas.

Nuestro proyecto común ha cambiado la noción de poder. Frente al estulto como nocivo poder espectáculo de los Estados Unidos utilizado en Iraq, se encuentra el poder transformador europeo que no cambia a los países amenazándolos con invadirlos, su intimidación más temible es no tener nada que ver con ellos. De este modo, los que desean entrar a formar parte de nuestro club deben comprometerse con la acción multilateral, la democracia, los derechos humanos y la legalidad internacional, la negociación y el compromiso en lugar de la fuerza militar. Este cambio en la noción de poder destierra el denominado equilibrio de poder que surge en el siglo XV. Principio mediante el cual todos los Estados tendrían que mantener un equilibrio con el fin de que ninguno de ellos pueda dominar el continente. En el caso de la Unión Europea, a medida que aumenta su poder, el resto de Estados vecinos no intentan equilibrarlo, intentan incorporase. La razón estriba en que la economía social de mercado sincretiza lo mejor del liberalismo, la energía y la libertad, y de la socialdemocracia, la estabilidad y el bienestar, en un modelo que ha servido de atractivo para que países que distan de ser unas poliarquías en el sentido que enuncia Robert Dahl, como es el caso de Turquía, corrijan sus déficits democráticos, caminen hacia el establecimiento de un Estado de derecho que otorgue garantías a sus ciudadanos, respeten los derechos humanos y protejan, en vez de discriminarlas, a las minorías que conforman la pluralidad congénita a todas las comunidades. Es fácil comprobar cómo el método europeo para convertir regímenes no democráticos en poliarquías es más efectivo que el norteamericano, que si bien ha cambiado los gobiernos de Afganistán e Iraq, ambos países son hoy sumideros de sangre, a diferencia de los países de la extinta Unión Soviética. Para seguir promocionando valores democráticos hay que ser imprecisos respecto dónde deberían establecerse las fronteras de la Unión, pero no debemos rebajar las exigencias sobre qué deben hacer los países para integrarse.
El autor europeo descarta una emulación a la de Estados Unidos, esto es, la construcción de un Estado-nación federal, puesto que Europa no está preparada para suprimir las identidades nacionales actuales, ni esa ha sido la meta ni la filosofía de la construcción de la Unión.

De triunfar el sistema europeo alcanzaremos la anhelada paz perpetua entre las naciones y podremos afrontar con seguridad y optimismo los retos más importantes que tenemos por delante como el calentamiento climático, la proliferación de Estados nucleares o el respeto al medio ambiente. En palabras de Mark Leonard, la Euroesfera, esto es, la zona de influencia de Europa está compuesta por dos mil millones de personas, así como ciento nueve países. Razones tenemos para pensar razonablemente que los europeos, y nuestra óptica de ver el mundo y de actuar sea el motor de cambio de un mundo asolado por las injusticias. Mientras que los gastos en armamentos se han situado cerca de los 3.000 millones de dólares al día 60.000 personas mueren cada día de hambre.
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