«Porque... ahora ya no me engaño: si aquel hombre me hubiera abrazado y me hubiese pedido que lo siguiera hasta el fin del mundo, no habría vacilado en deshonrar mi nombre...»
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"Algo me empujó hacia adelante. La ira me nublaba los ojos, una ira roja que me inspiraba locos deseos de coger por el cuello al perjuro que tan cínicamente se burlaba de mi confianza, de mis sentimientos y de mi abandono. Pero pude contenerme aún. Con deliberada calma -¡cuánto tuve que esforzarme!- me acerqué a la mesa, y un señor me ofreció cortésmente su sitio, frente por frente del joven. Dos metros de paño verde nos separaban; como sentada en una butaca, en un espectáculo, podía observar fijamente su rostro, aquel mismo rostro que yo, dos horas antes, había visto radiante de gratitud, iluminado por el nimbo de la gracia divina, y que ahora, de nuevo, veía consumirse convulsivamente en los fuegos infernales de la pasión…
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Stefan Zweig, Veinticuatro horas en la vida de una mujer, Acantilado, 2000 (ed. original Vierundzwanzig Stunden aus dem Leben einer Frau, 1976)
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Veinticuatro horas en la vida de una mujer, Acantilado. |
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