2 de mayo de 2018

El refugio de la igualdad / Rafael Chirbes - En la orilla

Rafael Chirbes o todo lo que perdimos en las revoluciones

Qué no vimos en España: contratos hinchados, obras innecesarias con sobrecostes, personajes zafios gobernando Ayuntamientos o pidiéndose para sí las concejalías de urbanismo, constructores de poca monta con ínfulas y presupuestos de las administraciones públicas que pagaban la orgía.

Fue el auge y la caída de la opulencia que vivió España y sobre la que asentó el milagro económico el Partido Popular. Ahora, la resaca: revelaciones judiciales y exclusivas periodísticas que horrorizan a una ciudadanía que al tiempo se vio golpeada por una recesión brutal.

2018, año en el que la memoria colectiva se refugia, añorándolo, en 1968. En mayo, cuando se pretendió cambiarlo todo y todo cambió: mientras los acomodados revolucionarios incendiaron París y miraron con esperanza a las grandes utopías buscando la arena de playa cuando no había más que adoquines.

Rafael Chirbes nació en 1949 y es uno de los grandes escritores que este país no ha reconocido lo suficiente. Su obra, colosal, aborda la complejidad humana y social con una voz propia que da voz a su generación.

En Los viejos amigos, Chirbes narra el reencuentro de quienes vivieron la ilusión del 68 y el final de la dictadura franquista y construyeron la poliarquía que hoy disfrutamos y que utópica democracia libertaria soñaron. Es el retrato honesto y coral de una época. El resumen de la desilusión que va desde la épica colectiva revolucionaria al prosaísmo de las democracias liberales, el triunfo del liberalismo económico y de la individualidad. Explota nuestras contradicciones, como resumió José Emilio Pacheco en dos versos: Ya somos todo aquello/ contra lo que luchamos a los veinte años.

Pero dos obras hacen inmortal su producción literaria. Crematorio y En la orilla. Ninguna mejor que esta última retrata lo que fue la época de la exuberancia colectiva, de la fiesta sin fin, del boom urbanístico, de las mordidas y de la petulancia. “¿Nos tocará llorar por los viejos tiempos?”, se pregunta el protagonista. Y contesta: “Así pasó el tiempo que te fue concedido en la tierra, amigo promotor. Así lo pasé también yo. Ahora nos toca vivir la vida que llega después de la vida. Los nuevos tiempos son menos nerviosos, la gente ya no corre de acá para allá en coches de gran cilindrada, en camiones cargados de mercancía, en furgonetas que llegan tarde a una entrega urgente, hay otra tranquilidad, más reposo, son tiempos menos físicos (no hay tanto traqueteo carnal, las habitaciones de Ladies están vacías, nadie se tiende sobre las sábanas rosas, nadie hace cola en los pasillos de la notaría para firmar escrituras de compraventa: es el efecto mariposa) y, por supuesto, se trata de tiempos mucho menos químicos, escasea la cocaína y la que circula es de pésima calidad y no la compra casi nadie. ¡Para gastar en coca estamos!”.

En 2015 nos dejó. De manera póstuma, Anagrama publicó su novela más íntima, personal y desgarradora, Paris-Austerlitz. Porque solo los ángeles perdidos con talento siguen iluminándonos desde el cielo. Por encima de todas las revoluciones perdidas. Y por encima de todo lo que perdimos en las revoluciones.
(Colaboración en el número 2 de la revista Socialismo Activo, editada por el PSL-PSOE)
En la orilla, Rafael Chirbes continúa el retrato de la España de la corrupción

24 de abril de 2018

El refugio de la igualdad / Tony Judt - Algo va mal

Algo va mal
En la vida cada cual tiene sus referentes. Estos nos ayudan a forjar nuestro ideario, a sellar nuestros valores y a dotarnos de una mayor coherencia vital y argumental. Uno de ellos es Tony Judt.
Judt falleció en 2010 tras padecer una devastadora esclerosis lateral amiotrófica. El autor de obras tan influyentes como Postguerra o Sobre el olvidado siglo XX, plasmó en unas preciosas páginas sus recuerdos: El refugio de la memoria.
En 2010, en su ensayo Algo va mal, nos advirtió: algo está fallando en la Europa del Estado del bienestar. Las democracias sociales, entendidas como aquellas donde las libertades individuales se combinan con la libre competencia de los partidos políticos por el voto popular, están padeciendo una crisis de legitimidad dadas las políticas neoliberales que desde los años 80 se vienen aplicando y que generan más precariedad, más desigualdad y menos derechos, lo que supone un riesgo para la estabilidad del sistema.
Ocho años después, en la Unión Europa nos encontramos con Orban negando el colaboracionismo con el Holocausto de su país, Hungría; con la involución del estado de derecho en Polonia; con la ultraderecha condicionando el gobierno austriaco; con el Brexit; con Salvini y Di Maio sumando mayoría en Italia; con Le Pen disputando la segunda vuelta al movimiento de Macron...
La inestabilidad política actual es fruto de las políticas económicas aplicadas durante décadas. De la quiebra del pacto entre el capital y el trabajo en favor del primer factor. Si nos preguntamos qué está pasando con la ola populista y fascista que asola Europa, la respuesta es que estamos vendimiando las uvas de la ira que hemos ido sembrando.
Nuestra ideología-guía cobra más sentido aún. Hay que leer a Judt, aprehenderlo. Él continuó el legado de otros imprescindibles, como Orwell, que en Homenaje a Cataluña explicó: lo que atrae a las personas corrientes al socialismo y hace que estén dispuestas a arriesgar la vida por él es su ‘mística’, la idea de igualdad. Sin igualdad no solo está en juego la dignidad humana sino que, como estamos viendo, está en riesgo la democracia social. Y, si estas caen, retornan los peores demonios que llevaron a Europa a dos guerras mundiales y devastaron el continente.

(Colaboración para el número 1 de la revista Socialismo Activo editada por el PSL-PSOE). 
Ensayo del influyente pensador Tony Judt editado por Taurus

22 de abril de 2018

Patrick Deville - Pura vida

«William Walker ve desfilar una vez más el futuro desgarrado de sus ilusiones...»

*
"Uno de ellos, el joven Ernesto Guevara, no sabe todavía que allí encontrará a la peruana Hilda y que se ganará durante un tiempo la vida como vendedor ambulante de estatuillas del Cristo Negro de Esquipulas. Ignora que un año más tarde será expulsado de Guatemala, como todos esos jóvenes de izquierdas, cuando los Estados Unidos envíen desde Honduras a su mercenario Castillo Armas para derrocar el gobierno de Jacobo Arbenz y poner así fin a la reforma agraria. 
     Antes de tener que huir hacia el norte, hasta México, ese hombre, que luego se convertirá en el Che Guevara, se planteará combatir y escribirá con entusiasmo: 'Es hora de que el garrote conteste al garrote, y si hay que morir, que sea como Sandino y no como Azaña...' 

En 1824, Lord Byron muere allí como un héroe prometeico, creyendo arrancar a los dioses la libertad para el pueblo de Sófocles. Tres años después de su muerte, Eugène Delacroix pinta 'Grecia expirante entre las ruinas de Missolonghi' y, cuatro años más tarde, 'La libertad guiando al pueblo'. Es posible que William Walker haya visto esos cuadros en París, antes de su viaje por Italia. Y la frecuentación de esas obras, unida a la lectura pirómana de Lord Byron, puede haberle convencido de no morir en su lecho. No obstante, no alcanzará sino el destino de un Ícaro. Será un jovencito presuntuoso, sublime y ridículo que se acercó demasiado al sol de la gloria. ¿Y quién recordara, incluso en el mismo Trujillo, aquel pecho demasiado flaco y blanco, reventado por las balas de los soldados hondureños? 

Porque todo eso sería otro universo, paralelo, 'solemque suum, sua sidera norat', con su propio sol y sus propias estrellas, un universo en el que Julio César no habría atravesado el Rubicón ni William Walker el Tinto. 

Puede que se quede enganchado a este duelo epistolar, puede que quiera probarle a ese inglés que él conoce mejor los versos de Lord Byron. Puede que sea capaz de citar las frases del poeta inglés que a él le gustaría haber escrito: 'El gran objetivo de la vida es la sensación. Sentir que existimos, aunque sea en el dolor. Es ese' vacío inmenso 'que nos empuja el juego, a la guerra, a los viajes, a toda clase de acciones desordenadas, pero vividas con intensidad, y cuyo primer atractivo es la agitación necesaria para llevarlas a cabo.'"
'Pura vida', editado por Anagrama en 2018.

22 de marzo de 2018

Bernhard Schlink - El lector


 «No olvidé a Hanna, desde luego, pero en algún momento su recuerdo dejó de acompañarme a todas partes. Quedó atrás, como queda atrás una ciudad cuando el tren sigue su marcha. Está allí, en algún lugar a nuestra espalda, y si hace falta puede uno coger otro tren e ir a asegurarse de que la ciudad, todavía sigue allí. Pero, ¿para qué hacer tal cosa?»

*

"¿
Será eso lo que me entristece? ¿El celo y la fe que me colmaban en aquella época, mi empeño en arrancarle a la vida una promesa que de ningún modo podía cumplir? A veces veo en las caras de los niños y los adolescentes el mismo celo y la misma fe, y los veo con la misma tristeza con que recuerdo los míos. Esa tristeza, ¿no será la tristeza pura? ¿Es eso lo que nos sobreviene cuando, al mirar atrás, los recuerdos hermosos se nos vuelven quebradizos, al ver que aquella felicidad no se alimentaba sólo de la situación del momento, sino de una promesa que no se cumplió?


Nunca le escribí. Pero seguí leyendo para ella sin parar. Durante el año que pasé en América le enviaba las cintas desde allí. Cuando me iba de vacaciones o tenía mucho trabajo, podía tardar bastante en llenar una cinta. No establecí un ritmo fijo: a veces enviaba una cinta cada semana o cada quince días y otras veces al cabo de tres o cuatro semanas. No me planteaba la posibilidad de que Hanna, ahora que sabía leer, quizá ya no necesitase mis cintas. Que leyera también por su cuenta si le apetecía. Pero la lectura era mi manera de dirigirme a ella, de hablar con ella.
Tengo guardados todos sus saludos por escrito. La escritura va cambiando. Empieza forzando las letras a alinearse todas en la misma dirección oblicua y a adoptar la altura y anchura concretas. Una vez conseguido eso, se hace más ligera y segura. Nunca suelta. Pero adquiere algo de severa belleza propia de la letra de los ancianos que han escrito poco en su vida.
 

Durante mucho tiempo pensé que era una historia muy triste. No es que ahora piense que es alegre. Pero sí pienso que es verdadera y que por eso la cuestión de si es triste o alegre carece de importancia."
El lector, Edición Limitada de Anagrama.

20 de marzo de 2018

Martin Amis - La Zona de Interés

 «Sí, me estaba preguntando cómo un 'país somnoliento de poetas y soñadores', la nación más cultivada de todas las que había dado en su historia el planeta, cómo pudo dar paso a tamaño enloquecimiento, a tan colosal desdicha...»

*
"Contemplé el gran campo sin la más mínima traza de falso sentimentalismo. Valga repetir que soy un hombre normal con sentimientos normales. Cuando me tienta la debilidad humana, sin embargo, sencillamente pienso en Alemania, y en la confianza depositada en mí por su Libertador, cuya visión, cuyos ideales y aspiraciones comparto de forma inquebrantable. Ser amable con los judíos es ser cruel con los alemanes. El «bien» y el «mal», lo «bueno» y lo «malo» son conceptos que tuvieron su momento, y que han pasado a la historia. En el nuevo orden, algunos actos tienen resultados positivos y algunos actos tienen resultados negativos. Y eso es todo...
 

¿Y qué decir de Szmul? ¿Y de los Sonders? Dios, sólo a duras penas me decido a ponerlo por escrito. ¿Saben? Nunca dejo de maravillarme ante el abismo de miseria moral en el que algunos seres humanos están deseosos de hundirse...
Los Sonders... Cumplen con sus tareas pavorosas con la indiferencia más muda.
 

Pero un momento. Uno nunca está en el lugar de nadie. Y es cierto lo que dicen; lo que dicen aquí en el KL: nadie se conoce a sí mismo. ¿Quién eres? No lo sabes. Y entonces llegas a la Zona de Interés, y ella te dice quién eres. 

La gente de las comunidades de destino está sacando sus propias conclusiones de una verdad obvia irrefutable: Nadie Ha Vuelto Jamás..."
La zona de interés, de Martin Amis, Anagrama.

Laurence Rees - El Holocausto

«Himmler: Hay que aplastar incluso a los bebés en la cuna como a sapos hinchados y repulsivos. Vivimos en una edad de hierro y tenemos que barrer con escobas de hierro. Por lo tanto todo el mundo tiene que cumplir con su deber sin consultar antes con la conciencia.»
*

"Cuando se terminó la selección de los internos, el primer grupo fue enviado de inmediato a Birkenau, a las cámaras de gas. En este grupo iba un maestro que había compartido celda con Tadeusz en la cárcel de Myslowice. «Antes de marcharse me dijo: 'Si sobrevives, cuéntale a Polonia cómo fue nuestra muerte'». 

"Tengo dieciocho años y ¿qué soy? No soy nada... Fue muy traumático. ¿Y por qué fue tan traumático? Porque un minuto antes de que comprendiera que soy libre y puedo hacer lo que quiera, no había nada en el mundo que me interesara, salvo cómo echarme algo a la boca. Setenta años, y no lo he superado. No puedo superar esa maldad."  

"Por último, el contenido del libro que ahora se acaba es angustiante, sigo pensando que es importante comprender cómo y por qué ocurrió tal crimen; porque esta historia nos cuenta, quizá más que ninguna otra, de qué es capaz nuestra especie."
Laurence Rees, El Holocausto, Editorial Crítica.

15 de noviembre de 2017

Laura Ferrero - Qué vas a hacer con el resto de tu vida

«El movimiento produce dolor, pero es necesario moverse para continuar»

*
"De alguna manera -tóxica, incluso maquiavélica-, mi padre necesitaba a mi madre. La quería con un amor despótico, con la misma determinación con la que con el tiempo llegó a odiarla. Y quizá, simplemente, necesitaba que ella lo quisiera. Pero mi madre no era ya la misma, volvió arrastrando esa culpa que siempre llevan consigo los que se van e intentan regresar sin hacerlo del todo, como si estuvieran de paso después de haber dejado atrás otra vida en la que quizá, quién sabe, conocieron la felicidad.
    Las culpas amarran más que el amor, y eso mi padre lo sabía. Una vez escuché una conversación telefónica de mi padre; hablaba con un amigo que estaba a punto de separarse. Decía que él no nunca había querido tener un segundo hijo. Pablo había nacido con esa misión universal y redentora de los hijos que vienen a arreglar matrimonios que no se sostienen. Hay una fotografía de ese día en la que yo, seria, estoy sentada en el sofá del hospital y sostengo al bebé, rígida, con miedo de que se me caiga. Miro a la cámara fijamente, y me da la sensación de que más que sostener al pobre Pablo lo aprieto contra mí, como una metáfora de lo que yo haría siempre con él: agarrarlo, acercarlo a mí. 

 *

     -Saldremos de esta. 
     Y fue al escuchar aquella frase en plural, aquella frase que yo siempre le repetía a Pablo cuando tenía sus ataques, cuando no se podía levantar de la cama, que me eché a llorar. Lloré hasta que no me quedaron más lágrimas. Diego no fue a hacer la cena, tampoco cenamos aquel día, pero qué importaba. 
     Guardo ese momento: él a mi lado, sin apenas decir nada. Mis manos en las suyas. El amor también podía ser eso, y yo nunca lo había sabido hasta entonces..."

Primera novela de Laura Ferrero, Alfaguara.

10 de agosto de 2017

Manuel Chaves Nogales - Juan Belmonte, matador de toros

"'Te pones aquí, y te quitas tú o te quita el toro'. Yo venía a demostrar que esto no era tan evidente como parecía: 'Te pones aquí, y no te quitas tú ni te quita el toro si sabes torear'. Había entonces una matemática de los terrenos del toro y los terrenos del torero que a mi juicio era perfectamente superflua. El toro no tiene terrenos, porque no es un ente de razón, y no hay registrador de la Propiedad que pueda delimitárselos. Todos los terrenos son del torero, el único ser inteligente que entra en el juego, y que, como es natural, se queda con todo.

Los que me venían ir contra las que ellos consideraban leyes naturales se llevaban las manos a la cabeza y decían: 'Tiene que morir irremisiblemente. O se quita de donde se pone o lo mata el toro'. Yo no me quitaba, el toro tardaba en matarme, y los entendidos, en vez de resignarse a reconocer que era posible una mecánica distinta en el juego de la lidia, que era lo más sencillo y razonable, se pusieron a dar gritos histéricos y a llamarme hiperbólicamente 'terremoto', 'cataclismo', 'fenómeno' y no sé cuántas cosas disparatadas más. Para mí, lo único fenomenal era la falta de comprensión de la gente. Lo que hoy, al cabo de veinte años, sabe ver el más humilde aficionado, no les entraba entonces en el meollo a los que entendían de toros. Esta fue, sencillamente, mi aportación al toreo..."


Libro de Manuel Chaves Nogales, editado por Renacimiento.

12 de julio de 2017

Stefan Zweig - Mendel el de los libros

"Un jovenzuelo encorvado y de corta estatura, había venido del Este a Viena a estudiar para rabino, pero pronto había abandonado al riguroso Dios único, Jehovah, para entregarse al politeísmo brillante y multiforme de los libros... Yo, en cambio, me había olvidado de Mendel el de los libros durante años. Precisamente yo, que debería saber que los libros solo se escriben para, por encima del propio aliento, unir a los seres humanos, y así defendernos frente al inexorable reverso de toda existencia: la fugacidad y el olvido."

Stefan Zweig, Mendel el de los libros, Acantilado, 2009 (ed. original Buchmendel, 1929)
Mendel el de los libros, pieza magistral de Zweig en Acantilado.

11 de julio de 2017

Patrick Deville - Viva

"Ahora es 1940. El mundo está en llamas y olvida a Trotski. Sólo los asesinos piensan en él. 'Bebía porque quería ahogar mis penas, pero las malvadas aprendieron a nadar', Frida Kahlo.

 *

Fabian Llyod, el sobrino escandaloso del escandaloso Oscar Wilde: 'Morir del alma es diez mil veces peor que el cáncer'. 


 *

'Todo está permitido en el arte', Andre Breton

*

Tina Modotti es 'ciudadana del dolor del mundo'. Lowry es culpable. Intenta recordar de qué. Culpable de no crear belleza ni participar en la Historia.



Malcolm Lowry imagina que vuelve a revolucionar el arte de la prosa poética, un sueño inmenso, magnífico e inaccesible, como el de la Revolución permanente de Trotski.

Lowry en Ultramarina: Algún día encontraré una tierra corrompida y extenuada hasta lo indecible, donde los niños se mueran de hambre por falta de leche, una tierra infeliz, aunque ignorante, y entonces gritaré: voy a quedarme aquí hasta transformarlo en un sitio decente. 




*

"Lo de estos dos es como acercarse al misterio de la vida de los santos, buscar aquello que los impulsa hacia los eternos combates perdidos de antemano, el absoluto de la Revolución o el absoluto de la Literatura, en los que nunca encontrarán la paz, la tranquilidad de la labor cumplida. Es ese vacío que se siente y el que el hombre, en su insoportable finitud, no sea aquello que debería ser, la insatisfacción, el rechazo de la condición que nos vence, también el inmenso orgullo de ir a robar una chispa cuando es su turno, incluso si saben bien que terminarán encadenados a la roca y continuarán así demostrándonos eternamente que han intentado lo imposible y que lo imposible puede buscarse. Eso es lo que nos gritan y lo que nosotros solemos fingir que no oímos: que de cada uno de nosotros se espera lo imposible..."

Patrick Deville, Viva, Anagrama, 2016 (ed. original Viva, 2014)

Viva, de Patrick Deville, Anagrama.

10 de julio de 2017

Laurent Binet - La séptima función del lenguaje

«"Hágase la luz." Y la luz se hizo.» 
(Manuscritos del Mar Muerto, siglo II a. C., el caso más antiguo de performativo hallado hasta la fecha en el mundo judeocristiano.)
*
"En Bolonia, se acuesta con Bianca en un anfiteatro del XVII y escapa a un atentado con bomba. Aquí, también de noche, un filósofo del lenguaje casi lo apuñala en una biblioteca y asiste a una escena de sexo estilo perro más o menos mitológica encima de una fotocopiadora. Ha sido recibido por Giscard en el Elíseo, se ha cruzado con Foucault en una sauna gay, ha tomado parte en una persecución en coche a resultas de la cual ha sido víctima de un intento de asesinato, ha visto a un hombre matar a otro con un paraguas envenenado, ha descubierto una sociedad secreta en la que se corta los dedos a los perdedores y ha atravesado el Atlántico para recuperar un misterioso documento. En unos pocos meses ha vivido acontecimientos extraordinarios que jamás habría pensado vivir en toda su existencia. Saber reconocer lo novelesco cuando se encuentra con ello. Le viene a la cabeza los supernumerarios de Umberto Eco. Entonces le pega otra calada al canuto.
     «What’s up, man?» 
     Simón pasa el porro. En su cabeza, sin que pueda detenerla, se proyecta la película de los últimos meses y, por deformación profesional, extrae sus estructuras narrativas, los coadyuvantes, los oponentes, el alcance alegórico. Una escena de sexo (actor), un atentado (bomba), en Bolonia. Un atentado (abrecartas), una escena de sexo (espectador) en Cornell. (Quiasmo.) Una persecución en coche. Una reescritura del duelo final de Hamlet. El motivo recurrente de la biblioteca (pero ¿por qué ha pensado en el Beaubourg?). Los personajes son parejas: los dos búlgaros, los dos japoneses, Sollers y Kristeva, Searle y Derrida, Anastasia y Bianca... Y, sobre todo, las inverosimilitudes: ¿por qué el tercer búlgaro esperó tanto para ir a registrar el piso de Barthes, dando tiempo a que ellos cayeran en la cuenta de que una copia del manuscrito se encontraba allí? ¿Cómo es que Anastasia, si es una agente rusa, logró que la destinasen, y tan rápidamente además, al ala del hospital donde estaba Barthes? ¿Por qué razón Giscard no ordenó que le detuviesen a Kristeva y la metieran en un antro para torturarla hasta que hablara, en vez de enviarlos a Bayard y a él a Estados Unidos para vigilarla? ¿Cómo es que el documento está en francés y no en ruso ni en inglés? ¿Quién lo ha traducido? 
     Simón se lleva las manos a la cabeza lanzando un gemido. 
     - Creo que estoy atrapado en una puta novela. 
     - What
     - I think I’m trapped in a novel
     El estudiante al que se dirige se inclina hacia atrás, expulsa el humo de su cigarrillo hacia el cielo, mira las estrellas del firmamento, echa un trago de cerveza, se apoya sobre el codo, deja que flote un largo silencio en la noche estadounidense y finalmente dice: «Sounds cool, man. Enjoy the trip»..."

Laurent Binet, La séptima función del lenguaje, Seix Barral, 2016 (ed. original La septième fonction du langage, 2015) 
Portada de La séptima función del lenguaje de Seix Barral.

3 de mayo de 2017

Stefan Zweig - Veinticuatro horas en la vida de una mujer

«Porque... ahora ya no me engaño: si aquel hombre me hubiera abrazado y me hubiese pedido que lo siguiera hasta el fin del mundo, no habría vacilado en deshonrar mi nombre...» 

*
"Algo me empujó hacia adelante. La ira me nublaba los ojos, una ira roja que me inspiraba locos deseos de coger por el cuello al perjuro que tan cínicamente se burlaba de mi confianza, de mis sentimientos y de mi abandono. Pero pude contenerme aún. Con deliberada calma -¡cuánto tuve que esforzarme!- me acerqué a la mesa, y un señor me ofreció cortésmente su sitio, frente por frente del joven. Dos metros de paño verde nos separaban; como sentada en una butaca, en un espectáculo, podía observar fijamente su rostro, aquel mismo rostro que yo, dos horas antes, había visto radiante de gratitud, iluminado por el nimbo de la gracia divina, y que ahora, de nuevo, veía consumirse convulsivamente en los fuegos infernales de la pasión… 

*

Y ahora quiero también que comprenda por qué, de pronto, me decidí a hablarle de mi propia vida. Cuando usted defendía a Madame Henriette y afirmaba con férrea convicción que veinticuatro horas eran suficientes para decidir la suerte de una mujer, yo me sentí de acuerdo con usted: me sentí agradecida a usted porque, por vez primera, me veía comprendida. Entonces pensé: una vez hayas confesado el secreto que pesa sobre tu alma, quizá logres librarte de esa opresión y de la obsesiva necesidad de mirar hacia el pasado; inmediatamente, mañana mismo, podrás volver a aquellos lugares, y entrar incluso en la misma sala donde se decidió tu destino, sin experimentar la menor sombra de odio ni hacia él ni hacia ti misma. Y, efectivamente, mi corazón se ha liberado de la losa que lo alumbraba, y ésta se ha hundido con todo su peso en el pasado, para no alzarse nunca más..."

Stefan Zweig, Veinticuatro horas en la vida de una mujer, Acantilado, 2000 (ed. original Vierundzwanzig Stunden aus dem Leben einer Frau, 1976)

Veinticuatro horas en la vida de una mujer, Acantilado.

1 de mayo de 2017

Colm Tóibín - El testamento de María

«Pero nadie comprendió que era el reino de la muerte al que estaba destinado, que toda su gracia y su belleza, toda su aura de singularidad, como un regalo de los dioses a sus padres y sus hermanas, que todo eso no era sino una broma siniestra...»

*
"Eso es soñado. Y hay momentos en los que dejo que el sueño se prolongue durante el día para que viva conmigo, en los que me siento en esa silla y me parece que lo abrazo, su cuerpo limpio de todo dolor y yo misma limpia del dolor que he sentido y que era parte del suyo, el dolor que compartimos. Es fácil imaginar todo esto. Lo inimaginable es lo que sucedió en realidad, y a lo que sucedió en realidad es a lo que he de enfrentarme durante estos meses antes de irme a la tumba; si no, todo lo que ocurrió se convertirá en una historia dulce que se volverá ponzoñosa como las bayas brillantes que cuelgan de la parte baja de los árboles. No sé por qué es importante que me diga a mí misma la verdad todas las noches, por qué habría de decirse la verdad al menos una vez en este mundo. Como el mundo es un lugar de silencio, el cielo por la noche cuando desaparecen los pájaros es un vasto espacio silencioso. Ninguna palabra afectará lo más mínimo al cielo nocturno. Ninguna palabra logrará iluminarlo o hacerlo menos extraño. Y también el día muestra una profunda indiferencia hacia cuanto se diga. 
     Si digo la verdad no es porque de ese modo la noche vaya a transformarse en día o vayan a volverse infinitos la belleza y el consuelo que nos ofrecen los días, a nosotros, que somos ancianos. Hablo por la sencilla razón de que puedo hacerlo, porque han ocurrido demasiadas cosas y porque tal vez no vuelva a presentarse la ocasión. Quizá no tarde en soñar otra vez que ese día esperé en la colina y lo tuve desnudo entre mis brazos; ese sueño, tan unido a mí ahora y tan real, no tardará en impregnar el aire y en retroceder en el tiempo, y de esa forma se convertirá en lo que sucedió, o lo que debió suceder, lo que sucedió, lo que sé que sucedió, lo que vi que sucedía. 

*
     Hay momentos, en estos días antes de que la muerte llegue susurrando mi nombre, atrayéndome hacia la oscuridad, sosegándome hasta el reposo, en que sé que quiero más de este mundo. No mucho, pero más. Es muy simple. Si es posible convertir el agua en vino y resucitar a los muertos, entonces quiero que el tiempo retroceda. Quiero vivir otra vez antes de la muerte de mi hijo, o antes de que se marchara de casa, cuando era un bebé y su padre vivía y había tranquilidad en el mundo. Quiero uno de aquellos resplandecientes días de sabbat, días sin viento en los que teníamos oraciones en los labios, en los que con las otras mujeres entonaba las palabras para suplicar a Dios que hubiera justicia para los débiles y los huérfanos, que se respetaran los derechos de los pobres y los desamparados, que se ayudara a los necesitados, que se los librara de los perversos. Cuando decía estas palabras a Dios, era importante saber que mi marido y mi hijo estaban cerca y que pronto, cuando regresara a casa sola y me sentara en la oscuridad con las manos juntas, oiría sus pasos y esperaría la sonrisa tímida de mi hijo mientras su padre le abría la puerta, y entonces nos sentaríamos en silencio aguardando a que el sol desapareciera para poder hablar otra vez y cenar juntos y prepararnos tranquilamente para la paz de la noche tras un día en el que nos habíamos renovado, en el que el amor que nos profesábamos los tres y que sentíamos por Dios y por el resto del mundo se había intensificado y extendido. 
     Todo eso ha terminado...." 

Colm Tóibín, El testamento de María, Lumen, 2014 (ed. orig. The testament of Mary, 2012)
El testamento de María, publicado en España por Lumen.

25 de marzo de 2017

Merrit Tierce - Que me quieras

 «Sin embargo, lo que yo hacía no tenía nada que ver con el placer, tenía que ver con que ciertos tipos de dolor sirven como antídoto para otros. Así que cuando un hombre viejo al que había visto con prostitutas me daba su número, le decía que sí.»

 *

"Si quieres seguir trabajando aquí tienes que maquillarte un poco, me dijo Marlo. Siempre pareces cansada. Ponte corrector o algo, dijo, mirándome a la cara pero no a los ojos. Nunca he tenido acné, ni siquiera de adolescente, hasta que empecé a trabajar en restaurantes. En el Dream Café la cosa empeoró. Siempre me salían un montón de granos alrededor de la boca aunque tuviese mucho cuidado de no tocarme la cara. Y ponte una camiseta de manga larga debajo de la camisa del Dream. ¿Qué son esas marcas?

   Quemaduras, respondí. Tenía los brazos cubiertos de puntos y rayas cicatrizadas. El espacio entre las marcas era uniforme y me recordaba a un diapasón. Los más profundos tardaban años en curarse. O en cicatrizar, o como se llame el proceso de curación. Así que algunas marcas aún estaban rosas, con la piel brillante. 

   Me compré tres camisetas interiores térmicas en Goodwill y seguí trabajando en el Dream Café...

 *

Tiene razón, es importante levantar el ánimo cada noche, respirar profundamente y estar contenta para que los clientes te crean cuando les dices que el filete de Kobe de 140 dólares es la mejor ternera del mundo y les prometes que se derrite en la boca. Tienes que mantener la alegría para conseguir que pidan una botella de Caymus o Cakebread, no puedes revolcarte en tu melancolía. A veces creo que por eso Danny dice Chúpame los huevos cada vez que paso a su lado, que lo dice con cariño, como un desafío. Cuando dice Chúpamela en realidad quiere decir que todo esto es un circo, cariño, que les den a esos cabrones. Y cuando le contesto Si quieres que te la chupe sácatela, lo que quiero decir es que somos duros, que brillamos a pesar de toda la mierda. Nos estamos diciendo Si tienes algún problema, remordimiento o angustia, cómetelo, bébetelo, esnífalo, fóllatelo, úsalo, chúpalo, mátalo...

*

Mi chica me echará a la calle si nos tocamos, me decía mientras tonteábamos en el suelo de mi casa por las tardes. Uno de sus habituales le había conseguido un segundo trabajo en un banco. Allí se dedicaba a mostrarse animado vestido con un precioso traje de Bachrach. Podía vestir cualquier color o incluso mezcla rayas y cuadros y otros motivos y todo le quedaba bien porque caminaba sacando pecho, como si hubiera nacido para ganar. Lo que quiero saber es si era real.

En el Restaurante todos cargábamos con lo nuestro. Estábamos rotos. Todos íbamos cuesta abajo. Quizá pase lo mismo en un bufete de abogados, en un centro de belleza, en cualquier trabajo, de prestigio o no. Quizá sea eso lo que significa estar vivos, tener algo roto y mugriento clavado dentro que nos empuja a descarriarnos...

*

Nunca me tomaba como algo personal nada de lo que ocurría en el Restaurante. Solo hacía la siguiente tarea lo mejor que podía y después la siguiente.

   El quinto o sexto subjefe de cocina con el que trabajé le estaba echando la bronca a Florida John una noche por no sé qué lío que había montado cuando entré a reponer platos. ¿Por qué no eres como ella?, dijo el subjefe de cocina poniéndome una mano en el hombro. Pase lo que pase ahí fuera, es la mujer de hielo. ¿Cuál es tu secreto?, me preguntó. Ilumina a este capullo. 

   Acepta que todo es una mierda y sigue el rollo. Deja de quejarte, adáptate. Nada va a salir bien y todo es difícil.

   Joder con Confucio, dijo el subjefe de cocina..."

Merrit Tierce, Que me quieras, Blackie Books, Barcelona, 2017 (ed. original, Love Me Back, 2014)

Love Me Back, título original de la novela.

23 de marzo de 2017

Stefan Zweig - Carta de una desconocida

«Qué extraño, pensó, y cogió nuevamente la carta. 'A ti, que nunca me has conocido', ponía como encabezamiento, como sí fuera un título»
*
 "Desde aquel momento te quise. Sé que muchas mujeres te lo han dicho a menudo, a ti, tan mal acostumbrado, pero créeme, ninguna te ha querido tan devotamente como yo, ninguna te ha sido tan fiel ni se ha olvidado tanto de sí misma como lo he hecho yo por ti. No hay nada en el mundo que sea equiparable al secreto amor de una
niña que permanece en la penumbra y tiene pocas esperanzas. Es humilde y servil, tan receloso y apasionado como nunca puede serlo el amor inadvertidamente exigente y lleno de deseo de la mujer adulta. Sólo los niños solitarios pueden contener su pasión. Los otros hablan de sus sentimientos en grupo, se abren estimulados por la confianza y han oído hablar y han leído mucho sobre el amor; saben que es un destino común para todos. Juegan con él como con un juguete, presumen de él como los muchachos con su primer cigarrillo. Pero yo… yo no tenía a nadie en quien
confiar, nadie me había instruido ni prevenido, ni tenía experiencia alguna. No sabía nada. Me entregué ciegamente a mi destino como quien se lanza a un abismo. Todo lo que crecía y florecía en mí se volcaba en ti, no dejaba de soñar contigo, mi único confidente. Mi padre hacía tiempo que había muerto, mi madre se me hacía extraña con su eterno abatimiento y sus escrúpulos de viuda pensionista; y las disolutas compañeras del colegio me repelían porque jugaban frívolamente con lo que a mí me llenaba de pasión. Por eso concentré en ti todo lo que en circunstancias normales se hace añicos y se dispersa. Te ofrecí todo mi haz de sentimientos y toda mi impaciente persona. Para mí eras… ¿cómo explicártelo?, cualquier comparación sería pobre. Para mí lo eras todo, toda mi vida. Todo existía sólo si tenía relación contigo, toda mi vida sólo tenía sentido si se vinculaba a ti. Transformaste toda mi existencia. En el colegio pasé a ser la primera de la clase, en lugar de una alumna mediocre e indolente. Leía mil libros hasta altas horas de la madrugada porque sabía que tú los adorabas..."

Stefan Zweig, Carta de una desconocida, Acantilado (ed. original 1976, ed. 2002) 
Edición de Carta de una desconocida de Acantilado

22 de marzo de 2017

Emmanuel Carrère - El adversario

«Pensar que hayan hecho falta todas esas mentiras, esos azares y ese drama terrible para que hoy pueda hacer todo el bien que hace a su alrededor... Es algo que siempre he creído , ya ve, y que veo en la vida de Jean-Claude: todo discurre bien y acaba por encontrar su sentido para quien ama a Dios»
*  
"El padre había recibido los disparos en la espalda, la madre en pleno pecho. Quizá los dos, ella con toda certeza, supieron que morían a manos de su hijo, de tal manera que en el mismo instante habían visto su propia muerte -que todos veremos, que ellos habían llegado a la edad de ver sin escandalizarse- y la destrucción de todo lo que había dado sentido, alegría y dignidad a su vida. El cura aseguraba que ahora veían a Dios. Para los creyentes, el instante de la muerte es aquel en que ven a Dios, no ya oscuramente, como en un espejo, sino cara a cara. Incluso los no creyentes creen algo parecido: que en el momento de pasar al otro lado los moribundos ven desfilar en un relámpago la película completa de su vida, por fin inteligible. Y esta visión que hubiese debido poseer para los ancianos Romand la plenitud de las cosas cumplidas, había sido el triunfo de la mentira y el mal. Deberían haber visto a Dios y en su lugar habían visto, adoptando los rasgos de su hijo bienamado, a aquel a quien la Biblia llama Satán, es decir, el adversario...

*
Es el recuerdo más nítido que conservo de mi primer viaje a los lugares en que transcurrió su vida. Sólo había otros dos coches, vacíos. Venteaba. Releí la carta que me había escrito para guiarme, miré el estanque, seguí en el cielo gris el vuelo de pájaros cuyos nombres yo no conocía: no sé distinguir los pájaros ni los árboles, y me parece triste. Hacía frío. Puse el motor en marcha para encender la calefacción. El soplo de aire me adormecía. Pensé en el estudio donde voy cada mañana, tras haber llevado a los niños a la escuela. Ese estudio existe, se me puede visitar y llamar por teléfono. Allí escribo y remiendo guiones que por lo general se filman. Pero yo sé lo que es pasar todas esas jornadas sin testigos: las horas acostado mirando al techo, el miedo de haber dejado de existir. Me pregunté lo que Jean-Claude sentiría en su coche. ¿Gozo? ¿Un júbilo sarcástico ante la idea de engañar tan magistralmente a su entorno? Yo estaba convencido de que no. ¿Angustia? ¿Se imaginaba cómo terminaría todo aquello, la forma en que estallaría la verdad y lo que ocurriría a continuación? ¿O bien no sentía nada en absoluto? ¿Se convertía, a solas, en una máquina de conducir, de caminar, de leer, sin pensar ni sentir realmente, un doctor Romand residual y anestesiado? Una mentira, normalmente, sirve para encubrir una verdad, algo vergonzoso, quizá, pero real. La suya no encubría nada. Bajo el falso doctor Romand no había un auténtico Jean-Claude Romand...
*
A partir de aquel día, dijo que se había «condenado a vivir», para dedicar sus sufrimientos a la memoria de sus familiares. Aun conservando, según los psiquiatras, una preocupación extrema por saber lo que pensaban de él, entró en un período de rezos y meditación, acompañada de largos ayunos preparatorios de la eucaristía. Había adelgazado veinticinco kilos y consideraba que había salido del laberinto de las falsas apariencias y que habitaba en un mundo doloroso pero «verdadero». «La verdad os hará libres», dijo Jesucristo. Y él: «No he sido nunca tan libre, la vida nunca ha sido tan hermosa. Soy un asesino, tengo la imagen más vil que pueda existir en la sociedad, pero es más fácil de soportar que los veinte años anteriores de mentiras.»..." 

Emmanuel Carrère, El adversario, Anagrama (2010)  

Edición de Anagrama, Colección Compactos

17 de marzo de 2017

Javier Cercas - El monarca de las sombras

 «Que murió por culpa de una panda de hijos de puta que envenenaban el cerebro de los niños y los mandaban al matadero. Que en sus últimos días o semanas o meses de vida lo sospechó o lo entrevió, cuando ya era tarde»
*
“Contaría la historia de Manuel Mena para que su historia desdichada de triple perdedor de la guerra (de perdedor secreto, de perdedor disfrazado de ganador) no se perdiera del todo, iba a contar esa historia, pensé, para contar que en ella había vergüenza, pero también orgullo, deshonor pero también rectitud, miseria pero también coraje, suciedad pero también nobleza, espanto pero también alegría, y porque en esa historia había lo que había en mi familia y tal vez en todas las familias —derrotas y pasión y lágrimas y culpa y sacrificio—, comprendí que la historia de Manuel Mena era mi herencia o la parte fúnebre y violenta e hiriente y onerosa de mi herencia, y que no podía seguir rechazándola, que era imposible rechazarla porque de todos modos tenía que cargar con ella, porque la historia de Manuel Mena formaba parte de mi historia y por lo tanto era mejor entenderla que no entenderla, asumirla que no asumirla, airearla que dejar que se corrompiera dentro de mí como se corrompen dentro de quien tiene que contarlas las historias fúnebres y violentas que se quedan sin contar, escribir a mi modo el libro sobre Manuel Mena era, pensé en fin, lo que siempre había pensado que era, hacerme cargo de la historia de Manuel Mena y de la historia de mi familia, pero también pensé, pensando en Hannah Arendt, que ésa era la única forma también de aliviarme y emanciparme de ambas, la única forma de usar el destino de escritor con el que mi madre me había escrito o en el que me había confinado para que ni siquiera mi madre me escribiese, para escribirme a mí mismo... 

*

De golpe comprendí. Lo que comprendí fue que Manuel Mena no siempre había sido un joven idealista, un intelectual de provincias deslumbrado por el brillo romántico y totalitario de Falange, y que en algún momento de la guerra había dejado de tener el concepto de la guerra que siempre han tenido los jóvenes idealistas y había dejado de pensar que era el lugar donde los hombres se encuentra a sí mismos y dan su medida verdadera. Por un momento me dije que Manuel Mena no sólo había conocido la noble, bella y antigua ficción de la guerra que pintó Velázquez sino también la moderna y espeluznante realidad que pintó Goya, y me dije que la condensación calenturienta de su vida fugaz de guerrero le había permitido transitar en un puñado de meses desde el ímpetu exaltado, utópico y letal de su juventud hasta el desencanto clarividente de una madurez prematura... 

*
Me pregunté si tenía razón y si todo era tan simple. Dejé pasar unos segundos. Anuncié: 

-Tengo que decirte una cosa, mamá. 

-¿Qué cosa? 

Pensé: «Que tío Manolo no murió por la patria, mamá. Que no murió por defenderte a ti y a tu abuela Carolina y a tu familia. Que murió por nada, porque le engañaron haciéndole creer que defendía sus intereses cuando en realidad defendía los intereses de otros y estaba jugándose la vida por los suyos cuando en realidad sólo estaba jugándosela por otros. Que murió por culpa de una panda de hijos de puta que envenenaban el cerebro de los niños y los mandaban al matadero. Que en sus últimos días o semanas o meses de vida lo sospechó o lo entrevió, cuando ya era tarde (...) Que quería ser Aquiles, el Aquiles de la Ilíada, y a su modo lo fue, o al menos lo fue para ti, pero en realidad es el Aquiles de la Odisea. (...) 

 Dije otra vez: 

-Nada.”

Javier Cercas, El monarca de las sombras, Literatura Random House, 2017
Primera edición. Literatura Random House.

14 de marzo de 2017

John Fante - Pregúntale al polvo

 «Porque la vida era aquello otro, aquel mirar a los ojos negros de Camila, unos ojos que compaginaban el desprecio, la esperanza y una fruición cínica»

"Pasaron los días, llegaron las lluvias de invierno. Octubre tocaba a su fin cuando recibí las pruebas de imprenta de mi libro. Me compré un coche, un Ford de 1929. No tenía capota, pero corría como el viento, y cuando llegaron los días de cielo despejado emprendí viajes largos, siguiendo la línea azul de la costa, a Ventura y Santa Bárbara por el norte, a San Clemente y San Diego por el sur, siguiendo la raya blanca del asfalto, bajo las estrellas acechantes, con el pie apoyado en la consola de mandos, con la cabeza llena de proyectos para escribir otro libro, una noche, y otra, y otra, noches todas que en conjunto me proporcionaron una serie de días delirantes y visionarios como nunca había conocido, días serenos cuyo sentido temía cuestionarme. Patrullaba por la ciudad con el Ford: encontraba callejones misteriosos, árboles solitarios, casas antiguas y medio derruidas que procedían de un pasado desaparecido. Vivía en el Ford día y noche y no me detenía más que el tiempo necesario para pedir una hamburguesa y un café en desconocidos restaurantes de carretera. Aquello era vivir, dejarse llevar y detenerse para proseguir inmediatamente después, siguiendo siempre la raya blanca que corría paralela a la accidentada costa, descansar un momento al volante, encender otro cigarrillo y observar como un tonto el cielo abrumador del desierto para preguntarse por el significado de las cosas. 

     Una noche llegué al punto de Santa Mónica donde Camila y yo nos habíamos bañado en el curso de los primeros días. Me detuve y contemplé las olas espumosas y la calígine llena de incógnitas. La recordé corriendo entre los rugidos coronados de espuma, deleitándose en la libertad salvaje de aquella noche. Camila. Qué criatura." 

John Fante, Pregúntale al polvo, Anagrama (ed. 2001, ed. original 1939)
Edición Compactos de Anagrama.

13 de marzo de 2017

Virginia Woolf - Una habitación propia

"Habría tenido que ser casi un activista para decirse: No pueden atacar también a la literatura. La literatura es un espacio abierto a todo el mundo. Me niego a consentirte, por muy bedel que seas, que me expulses del césped. Puedes cerrar tus bibliotecas si te place; pero no hay verja, ni cerradura, ni candado que puedas imponer a mi libertad de pensamiento... 

En primer lugar, era impensable tener una habitación propia hasta el comienzo del siglo XIX, y mucho menos un espacio tranquilo o a prueba de ruidos, a menos que los padres fueran excecpionalmente ricos o muy nobles. Puesto que su asignación, que dependía de la buena voluntad paterna, sólo alcanzaba para vestir, la mujer se veía privada de esos pequeños desahogos de los que disfrutaron incluso Keats, Tennyson o Carlyle, pobres todos ellos, tales como una excursión a pie, un viaje a Francia, y una vivienda independiente que, por modesta que fuera, los liberaba de las exigencias y la tiranía de sus familias. Las dificutlades materiales de las mujeres eran formidables, pero mucho más lo eran las inmateriales. La indiferencia del mundo que Keats, Flaubert y otros hombres de genio encontraron tan difícil de soportar, era en el caso de las mujeres no ya indiferencia sino hostilidad. El mundo no les decía, como a ellos: Escribe si es lo que quieres, a mí me trae sin cuidado. El mundo les decía con desprecio: ¿Escribir? ¿De qué sirve que escribas?...

La historia de la oposición masculina a la emancipación de las mujeres quizá sea más interesante que la propia historia de la emancipación...

Y pensé que, de haber vivido Tolstói recluido en el Priorato con una mujer casada, «alejado de todo cuanto se llama mundo», por edificante que fuera la enseñanza moral, difícilmente hubiera escrito nunca Guerra y paz...

Os pido por tanto que leáis toda clase de libros, sin titubear ante ningún tema, por trivial o inabarcable que parezca... 

Si adquirimos la costumbre de ser libres y tenemos la valentía de escribir exactamente lo que pensamos... entonces esa oportunidad se presentará y la poetisa muerta que fue hermana de Shakespeare recuperará el cuerpo del que tantas veces se ha desprendido..." 

Una habitación propia, Virginia Woolf, Alianza Editorial (ed. 2012, ed.original A Room of One's Own,1929)
 
Virginia Woolf, Una habitación propia

20 de enero de 2017

Milena Busquets - También esto pasará

"Santi se ha puesto mis vaqueros favoritos, de un rojo desvaído y viejísimos y una parka caqui que compramos juntos hace mucho tiempo. Creo que se los pone para gustarme pero también como amuleto contra las tormentas que a menudo asolan nuestra relación. Cuando le he visto sorteando los coches encima de su bicicleta, dirigiéndose hacia mí como una flecha, de pie, como si tuviese veinte años y no más del doble, con sus raídos vaqueros rojos, el cuerpo moreno y compacto, más desarrollada y musculosa la parte de abajo que la de arriba a causa del esquí y de la bicicleta, y las manos de obrero, cortas y gruesas y a menudo magulladas, me ha dado un vuelco el corazón, como siempre. Creo que es por eso por lo que le sigo viendo, me acelera el pulso, cada vez. Tú siempre me decías, con aire de fingida preocupación: «Tu problema es que te gustan los hombres guapos». Pero creo que en el fondo te hacía gracia ese rasgo, tan masculino e infantil, de preferir algo tan gratuito, aleatorio e insustancial como una apariencia agradable al poder, la inteligencia o el dinero.
 

     Tomamos un par de cañas y decidimos ir a picar algo rápido, hace mucho que no nos vemos y tenemos prisa por estar juntos, se nos van las manos imperceptiblemente, le rozo la cintura, me toca el hombro, me acaricia el meñique al encenderme el cigarrillo y, en todo momento, nos mantenemos cinco centímetros más cerca de lo que sería correcto entre un par de amigos. Nos adentramos por las callejuelas en busca de algún lugar tranquilo y solitario lejos del sol, al pasar por un pasaje subterráneo me empuja contra la pared, me besa y me mete la mano dentro del pantalón. La fuerza física de los hombres sólo debería servir para darnos placer, para estrujarnos hasta que no quede ni una sola gota de pena ni de miedo en nuestro interior. Aparece un adolescente con mochila y nos mira de reojo, disimulando, mientras aceleraba el paso, casi he olvidado el desorden de los primeros besos, la precipitación y los moratones que preceden al aprendizaje de la lentitud y de la inmovilidad, de los gestos precisos como los de un cirujano, cuando pasamos de follar sólo con el cuerpo a follar también con la cabeza..."

Milena Busquets, También esto pasará (Anagrama, 2015)