22 de marzo de 2018

Bernhard Schlink - El lector


 «No olvidé a Hanna, desde luego, pero en algún momento su recuerdo dejó de acompañarme a todas partes. Quedó atrás, como queda atrás una ciudad cuando el tren sigue su marcha. Está allí, en algún lugar a nuestra espalda, y si hace falta puede uno coger otro tren e ir a asegurarse de que la ciudad, todavía sigue allí. Pero, ¿para qué hacer tal cosa?»

*

"¿
Será eso lo que me entristece? ¿El celo y la fe que me colmaban en aquella época, mi empeño en arrancarle a la vida una promesa que de ningún modo podía cumplir? A veces veo en las caras de los niños y los adolescentes el mismo celo y la misma fe, y los veo con la misma tristeza con que recuerdo los míos. Esa tristeza, ¿no será la tristeza pura? ¿Es eso lo que nos sobreviene cuando, al mirar atrás, los recuerdos hermosos se nos vuelven quebradizos, al ver que aquella felicidad no se alimentaba sólo de la situación del momento, sino de una promesa que no se cumplió?


Nunca le escribí. Pero seguí leyendo para ella sin parar. Durante el año que pasé en América le enviaba las cintas desde allí. Cuando me iba de vacaciones o tenía mucho trabajo, podía tardar bastante en llenar una cinta. No establecí un ritmo fijo: a veces enviaba una cinta cada semana o cada quince días y otras veces al cabo de tres o cuatro semanas. No me planteaba la posibilidad de que Hanna, ahora que sabía leer, quizá ya no necesitase mis cintas. Que leyera también por su cuenta si le apetecía. Pero la lectura era mi manera de dirigirme a ella, de hablar con ella.
Tengo guardados todos sus saludos por escrito. La escritura va cambiando. Empieza forzando las letras a alinearse todas en la misma dirección oblicua y a adoptar la altura y anchura concretas. Una vez conseguido eso, se hace más ligera y segura. Nunca suelta. Pero adquiere algo de severa belleza propia de la letra de los ancianos que han escrito poco en su vida.
 

Durante mucho tiempo pensé que era una historia muy triste. No es que ahora piense que es alegre. Pero sí pienso que es verdadera y que por eso la cuestión de si es triste o alegre carece de importancia."
El lector, Edición Limitada de Anagrama.

20 de marzo de 2018

Martin Amis - La Zona de Interés

 «Sí, me estaba preguntando cómo un 'país somnoliento de poetas y soñadores', la nación más cultivada de todas las que había dado en su historia el planeta, cómo pudo dar paso a tamaño enloquecimiento, a tan colosal desdicha...»

*
"Contemplé el gran campo sin la más mínima traza de falso sentimentalismo. Valga repetir que soy un hombre normal con sentimientos normales. Cuando me tienta la debilidad humana, sin embargo, sencillamente pienso en Alemania, y en la confianza depositada en mí por su Libertador, cuya visión, cuyos ideales y aspiraciones comparto de forma inquebrantable. Ser amable con los judíos es ser cruel con los alemanes. El «bien» y el «mal», lo «bueno» y lo «malo» son conceptos que tuvieron su momento, y que han pasado a la historia. En el nuevo orden, algunos actos tienen resultados positivos y algunos actos tienen resultados negativos. Y eso es todo...
 

¿Y qué decir de Szmul? ¿Y de los Sonders? Dios, sólo a duras penas me decido a ponerlo por escrito. ¿Saben? Nunca dejo de maravillarme ante el abismo de miseria moral en el que algunos seres humanos están deseosos de hundirse...
Los Sonders... Cumplen con sus tareas pavorosas con la indiferencia más muda.
 

Pero un momento. Uno nunca está en el lugar de nadie. Y es cierto lo que dicen; lo que dicen aquí en el KL: nadie se conoce a sí mismo. ¿Quién eres? No lo sabes. Y entonces llegas a la Zona de Interés, y ella te dice quién eres. 

La gente de las comunidades de destino está sacando sus propias conclusiones de una verdad obvia irrefutable: Nadie Ha Vuelto Jamás..."
La zona de interés, de Martin Amis, Anagrama.

Laurence Rees - El Holocausto

«Himmler: Hay que aplastar incluso a los bebés en la cuna como a sapos hinchados y repulsivos. Vivimos en una edad de hierro y tenemos que barrer con escobas de hierro. Por lo tanto todo el mundo tiene que cumplir con su deber sin consultar antes con la conciencia.»
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"Cuando se terminó la selección de los internos, el primer grupo fue enviado de inmediato a Birkenau, a las cámaras de gas. En este grupo iba un maestro que había compartido celda con Tadeusz en la cárcel de Myslowice. «Antes de marcharse me dijo: 'Si sobrevives, cuéntale a Polonia cómo fue nuestra muerte'». 

"Tengo dieciocho años y ¿qué soy? No soy nada... Fue muy traumático. ¿Y por qué fue tan traumático? Porque un minuto antes de que comprendiera que soy libre y puedo hacer lo que quiera, no había nada en el mundo que me interesara, salvo cómo echarme algo a la boca. Setenta años, y no lo he superado. No puedo superar esa maldad."  

"Por último, el contenido del libro que ahora se acaba es angustiante, sigo pensando que es importante comprender cómo y por qué ocurrió tal crimen; porque esta historia nos cuenta, quizá más que ninguna otra, de qué es capaz nuestra especie."
Laurence Rees, El Holocausto, Editorial Crítica.

15 de noviembre de 2017

Laura Ferrero - Qué vas a hacer con el resto de tu vida

«El movimiento produce dolor, pero es necesario moverse para continuar»

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"De alguna manera -tóxica, incluso maquiavélica-, mi padre necesitaba a mi madre. La quería con un amor despótico, con la misma determinación con la que con el tiempo llegó a odiarla. Y quizá, simplemente, necesitaba que ella lo quisiera. Pero mi madre no era ya la misma, volvió arrastrando esa culpa que siempre llevan consigo los que se van e intentan regresar sin hacerlo del todo, como si estuvieran de paso después de haber dejado atrás otra vida en la que quizá, quién sabe, conocieron la felicidad.
    Las culpas amarran más que el amor, y eso mi padre lo sabía. Una vez escuché una conversación telefónica de mi padre; hablaba con un amigo que estaba a punto de separarse. Decía que él no nunca había querido tener un segundo hijo. Pablo había nacido con esa misión universal y redentora de los hijos que vienen a arreglar matrimonios que no se sostienen. Hay una fotografía de ese día en la que yo, seria, estoy sentada en el sofá del hospital y sostengo al bebé, rígida, con miedo de que se me caiga. Miro a la cámara fijamente, y me da la sensación de que más que sostener al pobre Pablo lo aprieto contra mí, como una metáfora de lo que yo haría siempre con él: agarrarlo, acercarlo a mí. 

 *

     -Saldremos de esta. 
     Y fue al escuchar aquella frase en plural, aquella frase que yo siempre le repetía a Pablo cuando tenía sus ataques, cuando no se podía levantar de la cama, que me eché a llorar. Lloré hasta que no me quedaron más lágrimas. Diego no fue a hacer la cena, tampoco cenamos aquel día, pero qué importaba. 
     Guardo ese momento: él a mi lado, sin apenas decir nada. Mis manos en las suyas. El amor también podía ser eso, y yo nunca lo había sabido hasta entonces..."

Primera novela de Laura Ferrero, Alfaguara.