25 de marzo de 2017

Merrit Tierce - Que me quieras

 «Sin embargo, lo que yo hacía no tenía nada que ver con el placer, tenía que ver con que ciertos tipos de dolor sirven como antídoto para otros. Así que cuando un hombre viejo al que había visto con prostitutas me daba su número, le decía que sí.»

 *

"Si quieres seguir trabajando aquí tienes que maquillarte un poco, me dijo Marlo. Siempre pareces cansada. Ponte corrector o algo, dijo, mirándome a la cara pero no a los ojos. Nunca he tenido acné, ni siquiera de adolescente, hasta que empecé a trabajar en restaurantes. En el Dream Café la cosa empeoró. Siempre me salían un montón de granos alrededor de la boca aunque tuviese mucho cuidado de no tocarme la cara. Y ponte una camiseta de manga larga debajo de la camisa del Dream. ¿Qué son esas marcas?

   Quemaduras, respondí. Tenía los brazos cubiertos de puntos y rayas cicatrizadas. El espacio entre las marcas era uniforme y me recordaba a un diapasón. Los más profundos tardaban años en curarse. O en cicatrizar, o como se llame el proceso de curación. Así que algunas marcas aún estaban rosas, con la piel brillante. 

   Me compré tres camisetas interiores térmicas en Goodwill y seguí trabajando en el Dream Café...

 *

Tiene razón, es importante levantar el ánimo cada noche, respirar profundamente y estar contenta para que los clientes te crean cuando les dices que el filete de Kobe de 140 dólares es la mejor ternera del mundo y les prometes que se derrite en la boca. Tienes que mantener la alegría para conseguir que pidan una botella de Caymus o Cakebread, no puedes revolcarte en tu melancolía. A veces creo que por eso Danny dice Chúpame los huevos cada vez que paso a su lado, que lo dice con cariño, como un desafío. Cuando dice Chúpamela en realidad quiere decir que todo esto es un circo, cariño, que les den a esos cabrones. Y cuando le contesto Si quieres que te la chupe sácatela, lo que quiero decir es que somos duros, que brillamos a pesar de toda la mierda. Nos estamos diciendo Si tienes algún problema, remordimiento o angustia, cómetelo, bébetelo, esnífalo, fóllatelo, úsalo, chúpalo, mátalo...

*

Mi chica me echará a la calle si nos tocamos, me decía mientras tonteábamos en el suelo de mi casa por las tardes. Uno de sus habituales le había conseguido un segundo trabajo en un banco. Allí se dedicaba a mostrarse animado vestido con un precioso traje de Bachrach. Podía vestir cualquier color o incluso mezcla rayas y cuadros y otros motivos y todo le quedaba bien porque caminaba sacando pecho, como si hubiera nacido para ganar. Lo que quiero saber es si era real.

En el Restaurante todos cargábamos con lo nuestro. Estábamos rotos. Todos íbamos cuesta abajo. Quizá pase lo mismo en un bufete de abogados, en un centro de belleza, en cualquier trabajo, de prestigio o no. Quizá sea eso lo que significa estar vivos, tener algo roto y mugriento clavado dentro que nos empuja a descarriarnos...

*

Nunca me tomaba como algo personal nada de lo que ocurría en el Restaurante. Solo hacía la siguiente tarea lo mejor que podía y después la siguiente.

   El quinto o sexto subjefe de cocina con el que trabajé le estaba echando la bronca a Florida John una noche por no sé qué lío que había montado cuando entré a reponer platos. ¿Por qué no eres como ella?, dijo el subjefe de cocina poniéndome una mano en el hombro. Pase lo que pase ahí fuera, es la mujer de hielo. ¿Cuál es tu secreto?, me preguntó. Ilumina a este capullo. 

   Acepta que todo es una mierda y sigue el rollo. Deja de quejarte, adáptate. Nada va a salir bien y todo es difícil.

   Joder con Confucio, dijo el subjefe de cocina..."

Merrit Tierce, Que me quieras, Blackie Books, Barcelona, 2017 (ed. original, Love Me Back, 2014)

Love Me Back, título original de la novela.

23 de marzo de 2017

Stefan Zweig - Carta de una desconocida

«Qué extraño, pensó, y cogió nuevamente la carta. 'A ti, que nunca me has conocido', ponía como encabezamiento, como sí fuera un título»
*
 "Desde aquel momento te quise. Sé que muchas mujeres te lo han dicho a menudo, a ti, tan mal acostumbrado, pero créeme, ninguna te ha querido tan devotamente como yo, ninguna te ha sido tan fiel ni se ha olvidado tanto de sí misma como lo he hecho yo por ti. No hay nada en el mundo que sea equiparable al secreto amor de una
niña que permanece en la penumbra y tiene pocas esperanzas. Es humilde y servil, tan receloso y apasionado como nunca puede serlo el amor inadvertidamente exigente y lleno de deseo de la mujer adulta. Sólo los niños solitarios pueden contener su pasión. Los otros hablan de sus sentimientos en grupo, se abren estimulados por la confianza y han oído hablar y han leído mucho sobre el amor; saben que es un destino común para todos. Juegan con él como con un juguete, presumen de él como los muchachos con su primer cigarrillo. Pero yo… yo no tenía a nadie en quien
confiar, nadie me había instruido ni prevenido, ni tenía experiencia alguna. No sabía nada. Me entregué ciegamente a mi destino como quien se lanza a un abismo. Todo lo que crecía y florecía en mí se volcaba en ti, no dejaba de soñar contigo, mi único confidente. Mi padre hacía tiempo que había muerto, mi madre se me hacía extraña con su eterno abatimiento y sus escrúpulos de viuda pensionista; y las disolutas compañeras del colegio me repelían porque jugaban frívolamente con lo que a mí me llenaba de pasión. Por eso concentré en ti todo lo que en circunstancias normales se hace añicos y se dispersa. Te ofrecí todo mi haz de sentimientos y toda mi impaciente persona. Para mí eras… ¿cómo explicártelo?, cualquier comparación sería pobre. Para mí lo eras todo, toda mi vida. Todo existía sólo si tenía relación contigo, toda mi vida sólo tenía sentido si se vinculaba a ti. Transformaste toda mi existencia. En el colegio pasé a ser la primera de la clase, en lugar de una alumna mediocre e indolente. Leía mil libros hasta altas horas de la madrugada porque sabía que tú los adorabas..."

Stefan Zweig, Carta de una desconocida, Acantilado (ed. original 1976, ed. 2002) 
Edición de Carta de una desconocida de Acantilado

22 de marzo de 2017

Emmanuel Carrère - El adversario

«Pensar que hayan hecho falta todas esas mentiras, esos azares y ese drama terrible para que hoy pueda hacer todo el bien que hace a su alrededor... Es algo que siempre he creído , ya ve, y que veo en la vida de Jean-Claude: todo discurre bien y acaba por encontrar su sentido para quien ama a Dios»
*  
"El padre había recibido los disparos en la espalda, la madre en pleno pecho. Quizá los dos, ella con toda certeza, supieron que morían a manos de su hijo, de tal manera que en el mismo instante habían visto su propia muerte -que todos veremos, que ellos habían llegado a la edad de ver sin escandalizarse- y la destrucción de todo lo que había dado sentido, alegría y dignidad a su vida. El cura aseguraba que ahora veían a Dios. Para los creyentes, el instante de la muerte es aquel en que ven a Dios, no ya oscuramente, como en un espejo, sino cara a cara. Incluso los no creyentes creen algo parecido: que en el momento de pasar al otro lado los moribundos ven desfilar en un relámpago la película completa de su vida, por fin inteligible. Y esta visión que hubiese debido poseer para los ancianos Romand la plenitud de las cosas cumplidas, había sido el triunfo de la mentira y el mal. Deberían haber visto a Dios y en su lugar habían visto, adoptando los rasgos de su hijo bienamado, a aquel a quien la Biblia llama Satán, es decir, el adversario...

*
Es el recuerdo más nítido que conservo de mi primer viaje a los lugares en que transcurrió su vida. Sólo había otros dos coches, vacíos. Venteaba. Releí la carta que me había escrito para guiarme, miré el estanque, seguí en el cielo gris el vuelo de pájaros cuyos nombres yo no conocía: no sé distinguir los pájaros ni los árboles, y me parece triste. Hacía frío. Puse el motor en marcha para encender la calefacción. El soplo de aire me adormecía. Pensé en el estudio donde voy cada mañana, tras haber llevado a los niños a la escuela. Ese estudio existe, se me puede visitar y llamar por teléfono. Allí escribo y remiendo guiones que por lo general se filman. Pero yo sé lo que es pasar todas esas jornadas sin testigos: las horas acostado mirando al techo, el miedo de haber dejado de existir. Me pregunté lo que Jean-Claude sentiría en su coche. ¿Gozo? ¿Un júbilo sarcástico ante la idea de engañar tan magistralmente a su entorno? Yo estaba convencido de que no. ¿Angustia? ¿Se imaginaba cómo terminaría todo aquello, la forma en que estallaría la verdad y lo que ocurriría a continuación? ¿O bien no sentía nada en absoluto? ¿Se convertía, a solas, en una máquina de conducir, de caminar, de leer, sin pensar ni sentir realmente, un doctor Romand residual y anestesiado? Una mentira, normalmente, sirve para encubrir una verdad, algo vergonzoso, quizá, pero real. La suya no encubría nada. Bajo el falso doctor Romand no había un auténtico Jean-Claude Romand...
*
A partir de aquel día, dijo que se había «condenado a vivir», para dedicar sus sufrimientos a la memoria de sus familiares. Aun conservando, según los psiquiatras, una preocupación extrema por saber lo que pensaban de él, entró en un período de rezos y meditación, acompañada de largos ayunos preparatorios de la eucaristía. Había adelgazado veinticinco kilos y consideraba que había salido del laberinto de las falsas apariencias y que habitaba en un mundo doloroso pero «verdadero». «La verdad os hará libres», dijo Jesucristo. Y él: «No he sido nunca tan libre, la vida nunca ha sido tan hermosa. Soy un asesino, tengo la imagen más vil que pueda existir en la sociedad, pero es más fácil de soportar que los veinte años anteriores de mentiras.»..." 

Emmanuel Carrère, El adversario, Anagrama (2010)  

Edición de Anagrama, Colección Compactos

17 de marzo de 2017

Javier Cercas - El monarca de las sombras

 «Que murió por culpa de una panda de hijos de puta que envenenaban el cerebro de los niños y los mandaban al matadero. Que en sus últimos días o semanas o meses de vida lo sospechó o lo entrevió, cuando ya era tarde»
*
“Contaría la historia de Manuel Mena para que su historia desdichada de triple perdedor de la guerra (de perdedor secreto, de perdedor disfrazado de ganador) no se perdiera del todo, iba a contar esa historia, pensé, para contar que en ella había vergüenza, pero también orgullo, deshonor pero también rectitud, miseria pero también coraje, suciedad pero también nobleza, espanto pero también alegría, y porque en esa historia había lo que había en mi familia y tal vez en todas las familias —derrotas y pasión y lágrimas y culpa y sacrificio—, comprendí que la historia de Manuel Mena era mi herencia o la parte fúnebre y violenta e hiriente y onerosa de mi herencia, y que no podía seguir rechazándola, que era imposible rechazarla porque de todos modos tenía que cargar con ella, porque la historia de Manuel Mena formaba parte de mi historia y por lo tanto era mejor entenderla que no entenderla, asumirla que no asumirla, airearla que dejar que se corrompiera dentro de mí como se corrompen dentro de quien tiene que contarlas las historias fúnebres y violentas que se quedan sin contar, escribir a mi modo el libro sobre Manuel Mena era, pensé en fin, lo que siempre había pensado que era, hacerme cargo de la historia de Manuel Mena y de la historia de mi familia, pero también pensé, pensando en Hannah Arendt, que ésa era la única forma también de aliviarme y emanciparme de ambas, la única forma de usar el destino de escritor con el que mi madre me había escrito o en el que me había confinado para que ni siquiera mi madre me escribiese, para escribirme a mí mismo... 

*

De golpe comprendí. Lo que comprendí fue que Manuel Mena no siempre había sido un joven idealista, un intelectual de provincias deslumbrado por el brillo romántico y totalitario de Falange, y que en algún momento de la guerra había dejado de tener el concepto de la guerra que siempre han tenido los jóvenes idealistas y había dejado de pensar que era el lugar donde los hombres se encuentra a sí mismos y dan su medida verdadera. Por un momento me dije que Manuel Mena no sólo había conocido la noble, bella y antigua ficción de la guerra que pintó Velázquez sino también la moderna y espeluznante realidad que pintó Goya, y me dije que la condensación calenturienta de su vida fugaz de guerrero le había permitido transitar en un puñado de meses desde el ímpetu exaltado, utópico y letal de su juventud hasta el desencanto clarividente de una madurez prematura... 

*
Me pregunté si tenía razón y si todo era tan simple. Dejé pasar unos segundos. Anuncié: 

-Tengo que decirte una cosa, mamá. 

-¿Qué cosa? 

Pensé: «Que tío Manolo no murió por la patria, mamá. Que no murió por defenderte a ti y a tu abuela Carolina y a tu familia. Que murió por nada, porque le engañaron haciéndole creer que defendía sus intereses cuando en realidad defendía los intereses de otros y estaba jugándose la vida por los suyos cuando en realidad sólo estaba jugándosela por otros. Que murió por culpa de una panda de hijos de puta que envenenaban el cerebro de los niños y los mandaban al matadero. Que en sus últimos días o semanas o meses de vida lo sospechó o lo entrevió, cuando ya era tarde (...) Que quería ser Aquiles, el Aquiles de la Ilíada, y a su modo lo fue, o al menos lo fue para ti, pero en realidad es el Aquiles de la Odisea. (...) 

 Dije otra vez: 

-Nada.”

Javier Cercas, El monarca de las sombras, Literatura Random House, 2017
Primera edición. Literatura Random House.

14 de marzo de 2017

John Fante - Pregúntale al polvo

 «Porque la vida era aquello otro, aquel mirar a los ojos negros de Camila, unos ojos que compaginaban el desprecio, la esperanza y una fruición cínica»

"Pasaron los días, llegaron las lluvias de invierno. Octubre tocaba a su fin cuando recibí las pruebas de imprenta de mi libro. Me compré un coche, un Ford de 1929. No tenía capota, pero corría como el viento, y cuando llegaron los días de cielo despejado emprendí viajes largos, siguiendo la línea azul de la costa, a Ventura y Santa Bárbara por el norte, a San Clemente y San Diego por el sur, siguiendo la raya blanca del asfalto, bajo las estrellas acechantes, con el pie apoyado en la consola de mandos, con la cabeza llena de proyectos para escribir otro libro, una noche, y otra, y otra, noches todas que en conjunto me proporcionaron una serie de días delirantes y visionarios como nunca había conocido, días serenos cuyo sentido temía cuestionarme. Patrullaba por la ciudad con el Ford: encontraba callejones misteriosos, árboles solitarios, casas antiguas y medio derruidas que procedían de un pasado desaparecido. Vivía en el Ford día y noche y no me detenía más que el tiempo necesario para pedir una hamburguesa y un café en desconocidos restaurantes de carretera. Aquello era vivir, dejarse llevar y detenerse para proseguir inmediatamente después, siguiendo siempre la raya blanca que corría paralela a la accidentada costa, descansar un momento al volante, encender otro cigarrillo y observar como un tonto el cielo abrumador del desierto para preguntarse por el significado de las cosas. 

     Una noche llegué al punto de Santa Mónica donde Camila y yo nos habíamos bañado en el curso de los primeros días. Me detuve y contemplé las olas espumosas y la calígine llena de incógnitas. La recordé corriendo entre los rugidos coronados de espuma, deleitándose en la libertad salvaje de aquella noche. Camila. Qué criatura." 

John Fante, Pregúntale al polvo, Anagrama (ed. 2001, ed. original 1939)
Edición Compactos de Anagrama.

13 de marzo de 2017

Virginia Woolf - Una habitación propia

"Habría tenido que ser casi un activista para decirse: No pueden atacar también a la literatura. La literatura es un espacio abierto a todo el mundo. Me niego a consentirte, por muy bedel que seas, que me expulses del césped. Puedes cerrar tus bibliotecas si te place; pero no hay verja, ni cerradura, ni candado que puedas imponer a mi libertad de pensamiento... 

En primer lugar, era impensable tener una habitación propia hasta el comienzo del siglo XIX, y mucho menos un espacio tranquilo o a prueba de ruidos, a menos que los padres fueran excecpionalmente ricos o muy nobles. Puesto que su asignación, que dependía de la buena voluntad paterna, sólo alcanzaba para vestir, la mujer se veía privada de esos pequeños desahogos de los que disfrutaron incluso Keats, Tennyson o Carlyle, pobres todos ellos, tales como una excursión a pie, un viaje a Francia, y una vivienda independiente que, por modesta que fuera, los liberaba de las exigencias y la tiranía de sus familias. Las dificutlades materiales de las mujeres eran formidables, pero mucho más lo eran las inmateriales. La indiferencia del mundo que Keats, Flaubert y otros hombres de genio encontraron tan difícil de soportar, era en el caso de las mujeres no ya indiferencia sino hostilidad. El mundo no les decía, como a ellos: Escribe si es lo que quieres, a mí me trae sin cuidado. El mundo les decía con desprecio: ¿Escribir? ¿De qué sirve que escribas?...

La historia de la oposición masculina a la emancipación de las mujeres quizá sea más interesante que la propia historia de la emancipación...

Y pensé que, de haber vivido Tolstói recluido en el Priorato con una mujer casada, «alejado de todo cuanto se llama mundo», por edificante que fuera la enseñanza moral, difícilmente hubiera escrito nunca Guerra y paz...

Os pido por tanto que leáis toda clase de libros, sin titubear ante ningún tema, por trivial o inabarcable que parezca... 

Si adquirimos la costumbre de ser libres y tenemos la valentía de escribir exactamente lo que pensamos... entonces esa oportunidad se presentará y la poetisa muerta que fue hermana de Shakespeare recuperará el cuerpo del que tantas veces se ha desprendido..." 

Una habitación propia, Virginia Woolf, Alianza Editorial (ed. 2012, ed.original A Room of One's Own,1929)
 
Virginia Woolf, Una habitación propia

20 de enero de 2017

Milena Busquets - También esto pasará

"Santi se ha puesto mis vaqueros favoritos, de un rojo desvaído y viejísimos y una parka caqui que compramos juntos hace mucho tiempo. Creo que se los pone para gustarme pero también como amuleto contra las tormentas que a menudo asolan nuestra relación. Cuando le he visto sorteando los coches encima de su bicicleta, dirigiéndose hacia mí como una flecha, de pie, como si tuviese veinte años y no más del doble, con sus raídos vaqueros rojos, el cuerpo moreno y compacto, más desarrollada y musculosa la parte de abajo que la de arriba a causa del esquí y de la bicicleta, y las manos de obrero, cortas y gruesas y a menudo magulladas, me ha dado un vuelco el corazón, como siempre. Creo que es por eso por lo que le sigo viendo, me acelera el pulso, cada vez. Tú siempre me decías, con aire de fingida preocupación: «Tu problema es que te gustan los hombres guapos». Pero creo que en el fondo te hacía gracia ese rasgo, tan masculino e infantil, de preferir algo tan gratuito, aleatorio e insustancial como una apariencia agradable al poder, la inteligencia o el dinero.
 

     Tomamos un par de cañas y decidimos ir a picar algo rápido, hace mucho que no nos vemos y tenemos prisa por estar juntos, se nos van las manos imperceptiblemente, le rozo la cintura, me toca el hombro, me acaricia el meñique al encenderme el cigarrillo y, en todo momento, nos mantenemos cinco centímetros más cerca de lo que sería correcto entre un par de amigos. Nos adentramos por las callejuelas en busca de algún lugar tranquilo y solitario lejos del sol, al pasar por un pasaje subterráneo me empuja contra la pared, me besa y me mete la mano dentro del pantalón. La fuerza física de los hombres sólo debería servir para darnos placer, para estrujarnos hasta que no quede ni una sola gota de pena ni de miedo en nuestro interior. Aparece un adolescente con mochila y nos mira de reojo, disimulando, mientras aceleraba el paso, casi he olvidado el desorden de los primeros besos, la precipitación y los moratones que preceden al aprendizaje de la lentitud y de la inmovilidad, de los gestos precisos como los de un cirujano, cuando pasamos de follar sólo con el cuerpo a follar también con la cabeza..."

Milena Busquets, También esto pasará (Anagrama, 2015)

14 de enero de 2017

Alessandro Baricco - La Esposa joven

"Por eso, remontar las huellas del deseo físico no solía ser para la Esposa joven la mejor manera de encontrar el camino que llevaba al escondite de su amor. De cuando en cuando prefería repescar en la memoria la belleza de ciertas frases, o ciertos gestos; belleza en la que el Hijo era un maestro. La encontraba intacta, entonces, en el recuerdo. Y por un momento eso parecía restituirle el encanto del Hijo y llevarla de regreso al punto exacto al que se encaminaba su viaje. Pero era, más que nada, una ilusión. Se encontraba contemplando objetos maravillosos que, sin embargo, yacían en los relicarios de la lejanía, imposibles para el tacto, inaccesibles para el corazón. Así el placer de la admiración se mezclaba con el sentido desgarrador de una pérdida definitiva y el Hijo se alejaba todavía más, casi inaccesible, a esas alturas. Para no perderlo de verdad, la Esposa joven tuvo que aprender que en realidad ninguna cualidad del Hijo -o detalle, o sorpresa- le resultaba ya suficiente para colmar el abismo de la distancia, porque ningún hombre, por muy amado que sea, basta por sí solo para derrotar el poder destructor de la ausencia. Lo que la Esposa joven entendió fue que sólo pensando en ellos dos, juntos, era capaz de hundirse en su interior, hasta donde residía intacta la permanencia de su amor. Lograba entonces regresar a ciertos estados de ánimo, a ciertos formas de percibirse, que aún recordaba a la perfección. Pensaba en ellos dos, juntos, y podía sentir de nuevo algo de calor, o el tono de ciertos matices, incluso la calidad de cierto silencio. Una luz especial. Entonces le era dado encontrar otra vez lo que buscaba, en esa firme sensación de que existía un lugar donde el mundo no era admitido, y que coincidía con el perímetro dibujado por sus dos cuerpos, suscitado por su estar juntos y cuya anomalía lo convertía en inabordable. Si era capaz de acceder a esa sensación, todo volvía a ser inofensivo. Puesto que el desastre de toda vida alrededor, e incluso de la suya, ya no amenaza contra su felicidad, sino, en todo caso, el contrapunto que hacía aún más necesaria e inexpugnable la guarida que el Hijo y ella habían creado al amarse. Eran la demostración de un teorema que refutaba el mundo, y cuando lograba volver a esa convicción, todo miedo le abandonaba y una nueva seguridad, dulce, se apoderaba de ella. No había nada más delicioso en el mundo.

     Echada en la alfombra, ovillada bajo esa sábana polvorienta, ése fue el viaje que hizo la Esposa joven, salvándose la vida..."


Alessandro Baricco, La Esposa joven (Anagrama, 2016) 


2 de enero de 2017

Mario Puzo - Omertá

Omertà: 'Código de honor siciliano que prohíbe informar de los delitos considerados asuntos que incumben a las personas implicadas.'

World Book Dictionary.

"Lamentablemente, los incidentes fueron adquiriendo cada vez mayor gravedad a lo largo de los años. Una noche Tommy le rompió la nariz y unos cuantos dientes a su mujer, lo cual exigió una costosa intervención quirúrgica. Liza no se atrevió a pedir protección a la esposa de Don Aprile, pues probablemente tal petición la habría convertido en viuda, y ella amaba a su marido a pesar de todo.
 
Don Aprile no deseaba entremeterse en las riñas domésticas de sus subordinados. Tales asuntos jamás se podían resolver. A él le habría dado igual que el marido hubiera matado a su mujer, pero las agresiones suponían un peligro para sus relaciones en el mundo de los negocios. Una esposa furiosa podía hacer ciertas declaraciones y facilitar información perjudicial, pues el marido guardaba en su casa elevadas cantidades de dinero en efectivo para pagar los sobornos de los contratos municipales.

Por consiguiente, Don Aprile mandó comparecer al marido ante su presencia y le hizo saber con la máxima cortesía que sólo se inmiscuía en su vida personal porque ello afectaba a su negocio. Aconsejó al hombre que matara inmediatamente a su mujer o se divorciara de ella, o que jamás la volviera a maltratar. El marido le aseguró que nunca lo volvería a hacer. Pero el Don no se fiaba. Había observado en los ojos del hombre un cierto fulgor, el fulgor de su soberana voluntad. Este era, a su juicio, uno de los grandes misterios de la vida, el hecho de que un hombre hiciera lo que considerara oportuno hacer cualesquiera que fueran las consecuencias. Los malvados se entregan a la satisfacción de sus más pequeños caprichos y aceptan el destino de arder en el infierno.

Y eso fue lo que ocurrió con Tommy Liotti. Transcurrió casi un año y la lengua de Liza se mostraba cada vez más afilada con el vicio de su marido. A pesar de la advertencia del Don y del amor que sentía por su mujer y sus hijos, Tommy le pegó una brutal paliza. La mujer acabó en el hospital con las costillas rotas y un pulmón perforado.


El marido era rico, tenía conexiones políticas y compró a uno de los jueces corruptos del Don con un elevado soborno. Después convenció a su mujer de que regresara a su lado.


Don Aprile observó todo aquello con cierta cólera y tomó cartas en el asunto muy a su pesar. Primero resolvió los aspectos prácticos de la cuestión. Obtuvo una copia del testamento del marido y averiguó que, como buen padre de familia que era, dejaba todos sus bienes terrenales a su mujer y a sus hijos. La mujer se convertiría en una acaudalada viuda. Después envió a un equipo especial con instrucciones también especiales. Una semana después el juez recibió una alargada caja con papel de envolver y lazos, en cuyo interior había un par de costosos guantes largos de seda que cubrían los dos poderosos antebrazos del marido, uno de ellos luciendo en la muñeca el caro reloj Rolex que el Don le había regalado años atrás en prueba de su aprecio. Al día siguiente el cadáver fue descubierto flotando en el agua alrededor del Puente de Verrazano..."


Mario Puzo, Omertà (Ediciones B, orig. 2000, ed. española 2004)

Fotografía de Corleone, Italia.

Fernando Aramburu - Patria

Miren

"Miren no le dio tiempo de llevar el paraguas a la bañera. Se lo soltó de sopetón:
—Ha muerto el Txato.
Hacía mucho que no se pronunciaba el mote del amigo de otros tiempos en aquella casa.
—No jodas.
Joxian permaneció un momento inmóvil. Como un poste. Ni pestañeaba. Y sin volver la mirada hacia su mujer, preguntó cómo había ocurrido.

—Pues como ocurren estas cosas. De sorpresa no le ha podido pillar. Ya se lo venían anunciando con pintadas.
—¿Ha sido el que han matado por la tarde? No jodas.
—Pues jodo. Se acabó el Txato. Es lo que tiene la guerra, que deja muertos.
Cagüen la puta, cagüendiós. No paraba de proferir palabrotas con cabeceos disgustados, negadores. Trató de cenar. No pudo. Le temblaba tanto la mano que era incapaz de sujetar la cuchara y esto a Miren la molestó.

—Oye, ¿no te irás a poner triste?
Cagüen la puta, etcétera. Y también:
—Un vasco, uno del pueblo como tú y como yo. Hostia, si dirías un policía, pero ¡el Txato! Yo no lo tengo por mala persona.

—No se trata de buenas o malas personas. Está en juego la vida de un pueblo. ¿Somos abertzales o qué somos? Y no se te olvide que tienes un hijo en la lucha.

Se levantó de la mesa, airada. Fregó los cacharros de la cena en silencio y Joxian no se movió de su sitio, tampoco cuando al cabo de un rato ella vino a la cocina a decirle que estaban hablando en la televisión de lo que había pasado. Que si quería mirar y él respondió que no con la cabeza.


—Pues yo me voy a la cama.

Joxian no se movió de la cocina. Se sirvió un vaso de vino del garrafón que guardaba debajo del fregadero y luego otro y otro. Bebiendo y fumando le dieron las doce, la una, las dos. Cuando se le acabó el vino, se acostó. Miren, con la luz apagada, la voz firme, le dijo que: 

—Si lloras por ese, me voy a dormir a otro cuarto.
—Yo lloro por quien me sale de los cojones..."
 

* * * * *
Joxian

"Pues a Joxian le parecía que siempre llueve cuando hay una celebración de ese tipo. La iglesia, abarrotada, con gente de pie porque no había bancos para todos. Muchas caras de fuera y políticos. Don Serapio dijo durante la homilía, con visibles dificultades para contener la emoción, aquello de «la muerte trágica de nuestro querido Jokin que esperamos algún día se aclare». Y luego, una larga fila de paraguas subió al cementerio. Se cantó el Eusko Gudariak ante la tumba, se lanzaron goras a ETA y promesas de venganza, y al final desfilaron todos hacia la salida y atrás quedaron las coronas de flores y el silencio de las cruces bajo la lluvia.

Josetxo mantuvo la carnicería cerrada durante varios días. Nunca superó la pérdida de su hijo. De ahí a unos meses le diagnosticaron un cáncer. Duró un año.

Joxian:

—Para mí que la muerte de Jokin le produjo la enfermedad. Un hombre tan fuerte, tan sano. Si no, no me lo explico. 

Una semana después del funeral, empujado por Miren, fue a verlo por vez primera a la carnicería. Abrazo, lágrimas, sollozos. Qué corpachón tenía Josetxo. Y cuando el carnicero se serenó, hablaron sentados uno enfrente del otro, en la trastienda, y Joxian preguntó sin rodeos qué hostias había pasado.

—Todos mienten. Miente la policía, miente la izquierda abertzale. Todo el mundo miente, Joxian, te lo aseguro. A nadie le sirve la verdad.

Estaba destrozado. Y Juani, su mujer, igual, aunque se consolaba rezando. Lo que Josetxo le contó aquella tarde en la carnicería se lo habría de confirmar Joxe Mari a Joxian algunos años después, en un vis a vis en la cárcel de Picassent. Pues nada, que la policía francesa capturó a Potros en una casa de Anglet, escondido debajo de la cama. Le pillaron una maleta y en la maleta había más de quince kilos de documentos, entre ellos una lista con cientos de nombres y datos de militantes en activo. ¡Menudo jefecillo de los cojones! Mierda, han cogido a Santi. Lo contaron, filtración de filtraciones, en los informativos de la cadena SER a las pocas horas. Y, claro, hubo desbandada general y caídas a manta. A Jokin le entró la paranoia..."

* * * * *
Arantxa y Gorka

—Anda, no me jodas. ¿Tanto libro para aprobar matemáticas e inglés de churro?

Arantxa fue quien transmitió a su hermano pequeño la afición por la lectura. ¿Y eso? Es que de vez en cuando, por el cumpleaños, por el santo, por navidades o porque sí, le regalaba tebeos; pasados los años, algún que otro libro. Cosa, por cierto, que también hizo con Joxe Mari, pero sin resultado. Aquí, al decir de Arantxa, vendría a cuento la parábola famosa de la semilla y la tierra árida y la fértil. Joxe Mari era un yermo intelectual. En Gorka, tierra propicia, germinó la pasión por la lectura.

Hay más. Arantxa, siendo Gorka pequeño y ella apenas una niña de nueve o diez años, gustaba de leer en voz alta a su hermano, los dos sentados en el suelo, o él en la cama y ella a su lado, cuentos tradicionales; también historias de la Biblia en un libro con ilustraciones adaptado al entendimiento infantil.

Por los días en que el niño se recuperaba del atropello de la furgoneta, Arantxa tomó la costumbre de ir a la biblioteca municipal en busca de lectura para él. Gorka ya leía entonces por su
cuenta, bisbiseando las palabras, y empezaba a tener gustos definidos: Julio Verne, Salgari, pronto las novelas bélicas de Sven Hassel, así como otras de espías y detectives, todas ellas en ediciones económicas de bolsillo.

Más adelante, sin contárselo a sus padres, ¿para qué?, Arantxa le fue prestando sus propios libros, una treintena que guardaba en una caja de cartón, encima del ropero. Novelas de amor sobre todo, además de un Guerra y paz en versión resumida, Fortunata y Jacinta y seis o siete de Álvaro de Laiglesia que a Gorka no le hicieron tanta gracia como a ella, pero así y todo las leyó con agrado.

Y cuando sus padres empezaron a afearle que se quedara en casa leyendo en vez de ir a la calle a divertirse con los amigos, Arantxa le dijo a solas, con voz de misterio, que no hiciera caso.

—Tú lee todo lo que puedas. Reúne cultura. Cuanta más, mejor. Para que no te caigas al agujero en el que están cayendo muchos en este país.


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Nerea y Eneko
Nerea se acostumbró a su compañía, al toque levemente paterno-protector de ese hombre, mayor que Xabier, que le transmitía tranquilidad y, cosa al alcance de pocos, sabía moverla a risa. Eneko, un hombre sofá: blando, mullido, idóneo para el reposo. En días de lluvia, la tapaba con su paraguas mientras él se iba mojando. Este tipo de detalles, para Nerea, tienen un gran valor. Y estaba ella, pasados unos meses, a vueltas con el pensamiento de proponerle algo más que salir juntos porque el hombre le caía francamente bien. Pregunta de sus amigas: si había amor. Por supuesto, pero también amistad, que no es lo mismo. Nerea decía que la amistad es la que sostiene la relación de pareja cuando el amor se destensa y pierde llama. 

Los separaba, no obstante, una grieta negra, sin fondo. La grieta se abría entre los dos, los acompañó a todas horas durante los cerca de diez meses que convivieron estrechamente y no la veían, y de hecho Eneko nunca la vio. De modo que, si aún vive, ¿qué habrá sido de él?, quizá siga preguntándose qué pudo fallar. Y era que así como ella callaba lo de su padre, callaba él lo de un hermano que cumplía condena por delitos de terrorismo en la cárcel de Badajoz. El amor, la amistad, la risa, el hombre sofá, la rosa o el libro de obsequio, todo se lo tragó en cuestión de segundos aquella grieta profunda. 

Fue así. Atardecía un lunes lluvioso de enero, año 95. Nerea y Eneko acordaron dar su acostumbrada vuelta por la Parte Vieja, picar un par de pinchos, regarlos con vino y al fin retirarse a casa de él, a casa de ella o cada cual a la suya, que mañana, maitia, es día laborable. De bar en bar, compartiendo paraguas, enfilaron la calle 31 de Agosto. Y Nerea venía riéndose de ciertas chuscadas que contaba Eneko. A la altura del bar La Cepa se le cortó de golpe la risa. Sabía por las noticias de la radio que cinco o seis horas antes un pistolero de ETA había asesinado allí dentro al teniente de alcalde mientras comía con algunos compañeros de su partido. 

—¿No es aquí donde han matado a Gregorio Ordóñez?
 —Yo a ese no le lloro ni una lágrima. Por tipos como él está mi hermano en la cárcel. 

Pasaron de largo. Y Nerea se apartó un poco del paraguas y ya notaba las gotas de lluvia en un brazo y había empezado a ver la grieta. 

—¿Un hermano en la cárcel? 
—En Badajoz. ¿No te lo había dicho? Tiene para rato. 
 —¿Por qué lo han encerrado? 
—Pues ¿por qué va a ser? Por luchar por lo que ama. 

Llegaron a la altura de la iglesia de Santa María. Eneko reanudó sus bromas, pero de la boca de su novia ya no brotaba la risa. Nerea ni siquiera escuchaba. Y discretamente se soltó del brazo de él con la excusa de buscar algo dentro del bolso. ¿Qué hago? ¿Me echo a correr? Su facciones, pura rigidez, rictus impostado, fingían serenidad. En su interior se había desatado tal marea de nervios que no pudo impedir que se le escapara una cantidad no pequeña de orina. Se le hizo eterno el camino hasta el Bulevar. Él hablaba, jovial, dicharachero; ella callaba. En la parada del autobús se despidió después de dejarse besar en la mejilla con una mezcla de repugnancia y terror. Aunque había asientos libres junto a las ventanillas que daban a la acera donde él esperaba bajo el paraguas el acostumbrado gesto con la mano, Nerea se acomodó en uno de la otra parte. Por el trayecto a Amara se le ocurrió el modo de justificar la ruptura. Lo llamó por teléfono nada más llegar a casa. Que había otro hombre en su vida. Una mentira infalible en estos casos. La dijo y, sin esperar la reacción de él, colgó. Podía haberle dicho la verdad; pero entonces habría tenido que mencionar a su padre. Antes muerta.

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Txato

"—Mira, Xabier, los canallas que llaman para insultar y amenazar, y los que hacen las pintadas, me traen sin cuidado. A mí no me engañan. Son gentuza del pueblo. ¿Qué buscan? Pues tenerme acojonado en casa o que me vaya a vivir a otra parte. No me dan ningún miedo. La ama cree que intentan hacernos la vida imposible porque hemos salido de pobres. Nos han conocido en tiempos más difíciles, cuando éramos como ellos: unos desgraciados. Ahora ven que tenemos un hijo médico, una hija que estudia, me ven a mí con mis camiones, y eso no lo soportan y entonces, por un lado o por otro, intentan amargarme la existencia. Piensan que todo lo que tengo lo he robado. Pues haber trabajado como he trabajado yo, nos ha jodido.

—Si son malos, razón de más para que tomes precauciones.

—Bah, que vengan. Les invito a cenar, fíjate. Y como me toquen mucho los huevos, este año les dejo sin el donativo para las fiestas. Ya se van a enterar quién es el Txato. Soy más vasco que todos ellos juntos. Y lo saben. Hasta los cinco años yo no hablaba ni jota de castellano. A mi padre, que en paz descanse, una ráfaga de ametralladora le destrozó la pierna mientras defendía Euskadi en el frente de Elgueta. Todavía, de mayor, apretaba los dientes cada vez que le daba un calambrazo. ¿Qué, te duele?, le preguntábamos. Me cago en Franco y su puta madre, respondía. Y lo tuvieron tres años en la cárcel, que si no lo fusilaron fue de milagro.

—¿Qué me quieres decir con todo esto, aita? ¿Tú crees que a ETA le importa lo que le pasó a tu padre?

— Joder, ¿no dicen que defienden al pueblo vasco? Pues si yo no soy pueblo vasco, ya me dirás tú quién lo es..."

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Joxe Mari

"En lugar del cielo azul veía ahora por la ventana las manos de su madre y lo que en ellas había podido leer. A mí que no me vengan con viudas apenadas. Si quieren rebobinar su historia, que vayan a los archivos. Lo hecho, hecho está. ¿Que se acabó la lucha armada? Perfecto. Gora ETA por los siglos de los siglos y a mirar para delante. 

De pronto, contra su voluntad, empezó a llover con bastante fuerza. ¿Dónde? En el recuerdo. Se estaba hundiendo poco a poco. El duro, el primero en empezar las huelgas de hambre y el último en acabarlas, el que tomaba la palabra en las asambleas para despreciar a los presos que se tragaban el anzuelo de la reinserción. 

 Pero un hombre puede ser un barco. Un hombre puede ser un barco con el casco de acero. Luego pasan los años y se forman grietas. Por ellas entra el agua de la nostalgia, contaminada de soledad, y el agua de la conciencia de haberse equivocado y la de no poder poner remedio al error, y esa agua que corroe tanto, la del arrepentimiento que se siente y no se dice por miedo, por vergüenza, por no quedar mal con los compañeros. Y así el hombre, ya barco agrietado, se irá a pique en cualquier momento..."

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Fernando Aramburu, Patria (Tusquets, 2016)

Milan Kundera - La identidad

"—¿Por qué vivimos? Pues para abastecer a Dios de carne humana. Porque la Biblia, mi querida señora, no nos pide que le busquemos un sentido a la vida. Nos pide que procreemos. Amad y multiplicaos. Compréndame bien: el sentido de ese «amad» queda determinado por ese «multiplicaos». Ese «amad» no significa en absoluto amor caritativo, piadoso, espiritual o pasional, sino que quiere decir simplemente: «¡haced el amor!», «¡copulad!»... —suaviza la voz y se inclina hacia ella— ...«¡follad!». — Como un discípulo adepto, la señora lo mira dócilmente a los ojos—. En eso, y nada más que en eso, consiste el sentido de la vida humana. Todo lo demás son tonterías. 

     El razonamiento de Leroy corta como una hoja de afeitar, y Chantal está de acuerdo: el amor como exaltación de dos individuos, el amor como fidelidad, como apasionado apego a una única persona, no, eso no existe. Y, si existe, sólo es como autocastigo, ceguera voluntaria, reclusión en un monasterio. Se dice que, incluso si existe, el amor no debería existir, y esta idea no la amarga; por el contrario, siente una felicidad que se extiende por todo el cuerpo. Recuerda la metáfora de la rosa que atraviesa a todos los hombres y se dice que ha estado viviendo en una reclusión amorosa y que ahora se dispone a obedecer al mito de la rosa y a confundirse con su embriagador perfume. En este punto de sus reflexiones se acuerda de Jean-Marc. ¿Se habrá quedado en casa? ¿Habrá salido? Se hace esas preguntas sin emoción alguna: como si se preguntara si llueve en Roma o si hace buen tiempo en Nueva York..."

Milan Kundera, La identidad (Tusquets, ed original 1997, trad. 1998)

Imagen de la película 'La insoportable levedad del ser', basada en la novela homónima de Milan Kundera.

Antonio Tabucchi - Sostiene Pereira

"Pereira sostiene que en aquel momento oyó otro grito sofocado y que se abalanzó contra la puerta del estudio. Pero el delgadito bajo se interpuso y le dio un empujón. El empujón pudo con la mole de Pereira y Pereira retrocedió. Escúcheme, señor Pereira, dijo el delgadito bajo, no me obligue a usar la pistola, tengo unas inmensas ganas de meterle un balazo en la garganta o quizá en el corazón, que es su punto débil, pero no lo hago porque no queremos muertos aquí, hemos venido sólo para dar una lección de patriotismo, a usted también le convendría un poco de patriotismo, visto que en su periódico no publica más que a escritores franceses. Pereira se sentó de nuevo, sostiene, y dijo: Los escritores franceses son los únicos que tienen valor en momentos como éste. Déjeme que le diga que los escritores franceses son una mierda, dijo el delgadito bajo, tendrían que ir todos al paredón y habría que mearse encima de ellos una vez muertos. Usted es una persona vulgar, dijo Pereira. Vulgar pero patriota, respondió el hombre, no soy como usted, señor Pereira, que busca complicidad en los escritores franceses. 

En aquel momento los dos sicarios abrieron la puerta. Parecían nerviosos y tenían una expresión preocupada. El jovencito no quería hablar, dijeron, le hemos dado una lección, le hemos tratado con dureza, quizá lo mejor sería salir pitando. ¿No habréis hecho alguna calamidad?, preguntó el delgadito bajo. No lo sé, respondió el que se llamaba Fonseca, creo que lo mejor será marcharse. Y se precipitó hacia la puerta seguido por su compañero. Escuche, señor Pereira, dijo el delgadito bajo, usted no nos ha visto nunca en su casa, no se pase de listo, olvídese de sus amistades, tenga presente que ésta ha si do una visita de cortesía, porque la próxima vez podríamos venir por usted..."

Antonio Tabucchi, Sostiene Pereira (Anagrama, orig. 1994, ed. 1999)

Imagen de Ministro de Educación de Portugal bajo la dictadura de Salazar.